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Somos el eco que aprendió a volar

Rosa Reeder

Poeta que considera el portal su segunda casa
Éramos

la semilla dormida

en la garganta del tiempo,

una promesa envuelta

en niebla de silencios.


Vivíamos

en la médula del relámpago

antes de que el trueno

nos diera nombre.

Fuimos susurro

en el pecho de un volcán,

latido sin carne,

presagio de carne y canto.


Existir

era un puente sin orillas,

una lámpara apagada

colgando del techo del alma.


Pero llegó el después—

como un incendio que recuerda

que el bosque alguna vez soñó con ceniza.

Y nos volvimos

el vaso roto que aprendió

a contener el cielo.


Ahora somos

la cicatriz que canta,

el espejo que no teme romperse

porque ya aprendió a reflejar

lo que no se ve.


Somos

las ruinas que florecen,

la piedra que al caer al agua

se convierte en círculos de eternidad.


Ya no el principio,

ya no el fin,

sino la huella

que ambos dejaron.


Cruzamos

el umbral del viento

como hojas que descubren

que caer también es danzar.


Nos deshicimos

de la piel antigua,

como la luna deja atrás su sombra

para hacerse de luz ajena.


Ya no somos

el temblor de lo no nacido,

sino el temblor del que ha visto

el rostro del abismo

y le ha dado un nombre.


Ahora

habitamos los márgenes del tiempo,

como la tinta que ya no busca papel,

porque se ha hecho fuego

en la lengua del que canta.


Somos

el después que aún camina,

con pasos de lluvia

sobre una tierra que no olvida.


No buscamos el regreso,

porque el regreso es un mito,

y el existir verdadero

es mirar hacia atrás

con ojos de raíz

y corazón de horizonte.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
 
Éramos

la semilla dormida

en la garganta del tiempo,

una promesa envuelta

en niebla de silencios.


Vivíamos

en la médula del relámpago

antes de que el trueno

nos diera nombre.

Fuimos susurro

en el pecho de un volcán,

latido sin carne,

presagio de carne y canto.


Existir

era un puente sin orillas,

una lámpara apagada

colgando del techo del alma.


Pero llegó el después—

como un incendio que recuerda

que el bosque alguna vez soñó con ceniza.

Y nos volvimos

el vaso roto que aprendió

a contener el cielo.


Ahora somos

la cicatriz que canta,

el espejo que no teme romperse

porque ya aprendió a reflejar

lo que no se ve.


Somos

las ruinas que florecen,

la piedra que al caer al agua

se convierte en círculos de eternidad.


Ya no el principio,

ya no el fin,

sino la huella

que ambos dejaron.


Cruzamos

el umbral del viento

como hojas que descubren

que caer también es danzar.


Nos deshicimos

de la piel antigua,

como la luna deja atrás su sombra

para hacerse de luz ajena.


Ya no somos

el temblor de lo no nacido,

sino el temblor del que ha visto

el rostro del abismo

y le ha dado un nombre.


Ahora

habitamos los márgenes del tiempo,

como la tinta que ya no busca papel,

porque se ha hecho fuego

en la lengua del que canta.


Somos

el después que aún camina,

con pasos de lluvia

sobre una tierra que no olvida.


No buscamos el regreso,

porque el regreso es un mito,

y el existir verdadero

es mirar hacia atrás

con ojos de raíz

y corazón de horizonte.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Excelente poema estimada poeta. Un saludo
 
Éramos

la semilla dormida

en la garganta del tiempo,

una promesa envuelta

en niebla de silencios.


Vivíamos

en la médula del relámpago

antes de que el trueno

nos diera nombre.

Fuimos susurro

en el pecho de un volcán,

latido sin carne,

presagio de carne y canto.


Existir

era un puente sin orillas,

una lámpara apagada

colgando del techo del alma.


Pero llegó el después—

como un incendio que recuerda

que el bosque alguna vez soñó con ceniza.

Y nos volvimos

el vaso roto que aprendió

a contener el cielo.


Ahora somos

la cicatriz que canta,

el espejo que no teme romperse

porque ya aprendió a reflejar

lo que no se ve.


Somos

las ruinas que florecen,

la piedra que al caer al agua

se convierte en círculos de eternidad.


Ya no el principio,

ya no el fin,

sino la huella

que ambos dejaron.


Cruzamos

el umbral del viento

como hojas que descubren

que caer también es danzar.


Nos deshicimos

de la piel antigua,

como la luna deja atrás su sombra

para hacerse de luz ajena.


Ya no somos

el temblor de lo no nacido,

sino el temblor del que ha visto

el rostro del abismo

y le ha dado un nombre.


Ahora

habitamos los márgenes del tiempo,

como la tinta que ya no busca papel,

porque se ha hecho fuego

en la lengua del que canta.


Somos

el después que aún camina,

con pasos de lluvia

sobre una tierra que no olvida.


No buscamos el regreso,

porque el regreso es un mito,

y el existir verdadero

es mirar hacia atrás

con ojos de raíz

y corazón de horizonte.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Sin dudas la vida es un proceso continuo lleno de matices.

Saludos
 
Éramos

la semilla dormida

en la garganta del tiempo,

una promesa envuelta

en niebla de silencios.


Vivíamos

en la médula del relámpago

antes de que el trueno

nos diera nombre.

Fuimos susurro

en el pecho de un volcán,

latido sin carne,

presagio de carne y canto.


Existir

era un puente sin orillas,

una lámpara apagada

colgando del techo del alma.


Pero llegó el después—

como un incendio que recuerda

que el bosque alguna vez soñó con ceniza.

Y nos volvimos

el vaso roto que aprendió

a contener el cielo.


Ahora somos

la cicatriz que canta,

el espejo que no teme romperse

porque ya aprendió a reflejar

lo que no se ve.


Somos

las ruinas que florecen,

la piedra que al caer al agua

se convierte en círculos de eternidad.


Ya no el principio,

ya no el fin,

sino la huella

que ambos dejaron.


Cruzamos

el umbral del viento

como hojas que descubren

que caer también es danzar.


Nos deshicimos

de la piel antigua,

como la luna deja atrás su sombra

para hacerse de luz ajena.


Ya no somos

el temblor de lo no nacido,

sino el temblor del que ha visto

el rostro del abismo

y le ha dado un nombre.


Ahora

habitamos los márgenes del tiempo,

como la tinta que ya no busca papel,

porque se ha hecho fuego

en la lengua del que canta.


Somos

el después que aún camina,

con pasos de lluvia

sobre una tierra que no olvida.


No buscamos el regreso,

porque el regreso es un mito,

y el existir verdadero

es mirar hacia atrás

con ojos de raíz

y corazón de horizonte.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Hola Rosa.
Excelente poema de principio a fin.
Un lujo de lectura.
Me encantó todo, pero ese final de lleva todos los aplausos.
Mis más sinceras felicitaciones.
Gran abrazo!
 
Éramos

la semilla dormida

en la garganta del tiempo,

una promesa envuelta

en niebla de silencios.


Vivíamos

en la médula del relámpago

antes de que el trueno

nos diera nombre.

Fuimos susurro

en el pecho de un volcán,

latido sin carne,

presagio de carne y canto.


Existir

era un puente sin orillas,

una lámpara apagada

colgando del techo del alma.


Pero llegó el después—

como un incendio que recuerda

que el bosque alguna vez soñó con ceniza.

Y nos volvimos

el vaso roto que aprendió

a contener el cielo.


Ahora somos

la cicatriz que canta,

el espejo que no teme romperse

porque ya aprendió a reflejar

lo que no se ve.


Somos

las ruinas que florecen,

la piedra que al caer al agua

se convierte en círculos de eternidad.


Ya no el principio,

ya no el fin,

sino la huella

que ambos dejaron.


Cruzamos

el umbral del viento

como hojas que descubren

que caer también es danzar.


Nos deshicimos

de la piel antigua,

como la luna deja atrás su sombra

para hacerse de luz ajena.


Ya no somos

el temblor de lo no nacido,

sino el temblor del que ha visto

el rostro del abismo

y le ha dado un nombre.


Ahora

habitamos los márgenes del tiempo,

como la tinta que ya no busca papel,

porque se ha hecho fuego

en la lengua del que canta.


Somos

el después que aún camina,

con pasos de lluvia

sobre una tierra que no olvida.


No buscamos el regreso,

porque el regreso es un mito,

y el existir verdadero

es mirar hacia atrás

con ojos de raíz

y corazón de horizonte.


Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Somos ecos del tiempo sembrados en el horizonte donde aguardan los mañanas un placer leerte un saludo
 
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