Cecilya
Cecy
Cada camino posee un tramo poblado de sombras
de fantasmas tristes
que dibujan una órbita que pretende ser intimidante,
molestias que quisiera uno esfumar en la brevedad de un parpadeo.
La mancha sobre el mantel
el mal sueño que se propone en vano arruinar el despertar
/eclipsar el divino milagro del sol/
el vómito de una realidad de corazones en harapos
esquirlas de amarguras foráneas
que ante la claridad se lanzan como cuervos suicidas.
Pero un día, día de copas en alto,
día de brindis, por fin se van
porque sí se van, aunque obstinadas, sigan estando ahí.
Se van cuando se aprende el acto de ignorar su música espesa
sus acordes tétricos de piano
sus discursos de desesperanzas recurrentes
sus insultos de endemoniados que reaccionan ante la cruz
sus amenazas de muerte
que no evolucionan desde su estado de niebla.
Son penumbras de ojos vacíos
que a tientas buscan mirarse en el cristal del tiempo
y entonces solo pueden llorar por su falta de cuerpo y sangre
por el dolor del sendero sin huellas
por la nada
por su destino de olvido.
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