danie
solo un pensamiento...
Peregrina convulsionando a las noches con sus ascensiones
En una despejada ilusión de la transición de las sombras,
igual que un ofidio, los anhelos y sueños cohibidos,
mirada ineludible de los límites del mundo y sus eras.
Yo busco
desesperado en vaivenes y ajetreos del oxígeno a los excéntricos
Busco hasta el cansancio, el tenaz vuelo de la hurraca sobre mi dintel
Busco esa hoz cercenando la volátil catedral y su yugular
bajo los recintos de un impávido aliento hecho espectro
Y con mi accidentada caída, en el atisbo oscuro de una calle pernoctada,
Así con la alborada, con la pleamar del cielo, se derrumbaron
los cristales de arena de un astro coronado de greda,
que a los labios de las alturas y sus celajes puritanos
se distingue en la remota flora y su corteza de cenizas,
teñido de linfa púrpura y herrumbres lánguidas,
un péndulo con una guadaña sobre la cúpula de la vida.
La cual se derrama como néctar de bilis y caliza sobre el trigo,
de manantiales de meretrices sobre la desértica médula
el follaje inescrutable de los helechos que encarcelan
en la yerma lejanía de la defunción de un presente,
como un quiróptero que planea sobre los quinqués de la respiración
caídas con fuego.
En una despejada ilusión de la transición de las sombras,
se retuercen
igual que un ofidio, los anhelos y sueños cohibidos,
frente a la afanosa
mirada ineludible de los límites del mundo y sus eras.
Yo busco
desesperado en vaivenes y ajetreos del oxígeno a los excéntricos
pasajes del silencio.
Busco hasta el cansancio, el tenaz vuelo de la hurraca sobre mi dintel
del cuerpo.
Busco esa hoz cercenando la volátil catedral y su yugular
de jaspe y mármol,
bajo los recintos de un impávido aliento hecho espectro
por su muerte.
Y con mi accidentada caída, en el atisbo oscuro de una calle pernoctada,
sonreía la piel
punzante del demontre...
Así con la alborada, con la pleamar del cielo, se derrumbaron
los cristales de arena de un astro coronado de greda,
que a los labios de las alturas y sus celajes puritanos
envenenan.
Encima del terruño,
se distingue en la remota flora y su corteza de cenizas,
un esqueleto
teñido de linfa púrpura y herrumbres lánguidas,
y entre sus colmillos...,
un péndulo con una guadaña sobre la cúpula de la vida.
La cual se derrama como néctar de bilis y caliza sobre el trigo,
como sangre
de manantiales de meretrices sobre la desértica médula
del baldío.
Así fecunda
el follaje inescrutable de los helechos que encarcelan
la vidorria
en la yerma lejanía de la defunción de un presente,
como un quiróptero que planea sobre los quinqués de la respiración
vespertina.
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