Sombra de mi sombra
No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.
Aun así, en plena juventud, emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.
En aquel entonces el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.
Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.
—De compras —dijo.
Lo miré y sin pronunciar palabra dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas—. De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.
Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.
Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.
Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel fantasma desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.
—¿A dónde la llevo?
Sin dejar de mirar al hombre le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.
Al cruzar la calle, para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.
Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.
Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver a aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.
Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.
—¿Le sucede algo?
—No señor, no me pasa nada, —dije.
—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?
—Sí señor, Segura.
—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.
—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.
—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.
Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.
De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.
Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.
2 de mayo, 2013
No sé por qué siempre me parecieron las ciudades como la parte lúgubre del alma, quizá sea porque huelo sus muros grises que se elevan hacia el cielo como una plegaria mal dicha o porque me aterran las caras desconocidas. Con pocas excepciones, la arquitectura de San José no parece congeniar con la belleza que me proporcionan los campos donde al galope de la brisa pían las aves y bailan los verolises que apuntan hacia el cielo.
Aun así, en plena juventud, emigré hacia la capital josefina, con escasos dieciocho años y una mochila de sueños a la espalda llegué en una mañana de agosto a Poás de Aserrí para quedarme un buen tiempo.
En aquel entonces el autobús tardaba cuarenta minutos para llegar al centro de la ciudad josefina. Todas las tardes salía a estudiar con el firme propósito de procurarme una mejor vida. Una mujer sin preparación, ya por aquellos días, se miraba en bastantes apuros de una o de otra forma, así que no había más que hacer que prepararse para la vida.
Una tarde, recién llegada a la ciudad, transitaba por la avenida segunda cuando de pronto me abordó un caballero.
—De compras —dijo.
Lo miré y sin pronunciar palabra dejé de mirar la vitrina y emprendí el camino. Unas cuatro cuadras más allá, cuando creía haberlo dejado atrás, me detuve a mirar en una zapatería, —mi delirio los zapatos y las bufandas—. De pronto por el vidrio vi su imagen que pasaba.
Aquel hombre, o llevaba mi ruta o había decidido seguirme. Dejé de lado mi esparcimiento por la ciudad y caminé hasta la estación de autobuses para retornar a casa.
Su imagen no se apartaba de mi mente, aquella silueta de estatura media, delgaducha, de aspecto sombrío, extranjero quizá, hacía subir mi adrenalina entre una mezcla de compasión y miedo.
Tardé casi una semana para volver a zambullirme en las avenidas capitalinas, esta vez cumplía con un encargo de mi madre. Al salir de la tienda le solicité al tendero que colocara la carga en un taxi que me llevaría hasta la estación de autobuses que iba hasta mi pueblo natal a donde el conductor del bus me haría el favor de llevar la encomienda. Cuando subía al taxi, un escalofrío se apoderó de todo mi cuerpo, aquel fantasma desde la otra acera mi miraba fijamente. Enmudecí hasta que el taxista dijo mientras me miraba con asombro.
—¿A dónde la llevo?
Sin dejar de mirar al hombre le di la dirección y con el taxi en marcha me sentí más tranquila. Muy amable el conductor del taxi me ayudó colocando la carga en el autobús; yo charlé unos instantes con su conductor para darle las instrucciones de entrega.
Al cruzar la calle, para ir de regreso a mi casa, una sensación extraña arropó todo mi cuerpo, levanté la mirada y casi frente a mí estaba aquel hombre. Como la más valiente le di una mirada desafiante y emprendí el camino, pero él no se daba por vencido, me seguía a cierta distancia.
Entonces comenzaba mi calvario. Cada vez que salía al centro de la ciudad aquella silueta que ahora me daba terror se me aparecía como si conociera mi itinerario. Así trascurrieron unos cuatro años en que su sombra fue mi sombra.
Después de varios acontecimientos, por esas cosas de la vida, me trasladé de domicilio, del sector sur de la capital hacia el este y con ese cambio mis rutas variaban considerablemente. Sentí un gran alivio cuando no volví a ver a aquel hombre que me asustaba por las calles josefinas. Pero solo fue un leve alegrón porque a los pocos meses ya me había localizado. A pesar del trastorno emocional que me provocaba su sola presencia, ya formaba parte de mis sobresaltos cotidianos.
Un día me llamó mi hermana y me dijo que saldría a bailar con sus compañeros de oficina y que querían conocerme, acepté la invitación y fijamos como punto de encuentro la Catedral Metropolitana a las 6 de la tarde. Estuve antes de las 5.30 en la puerta principal de la Catedral cuando de pronto volteé mi mirada hacia el parque y allí estaba aquel hombre mirándome. Entré en pánico y a esa hora dos uniformados policiales hacían la guardia justo en esa cuadra. Entonces sin perder de vista al sujeto me colé entre los dos guardas de seguridad y caminé unas tres rondas con ellos. A la tercera vuelta se detuvieron y uno de ellos me interrogó.
—¿Le sucede algo?
—No señor, no me pasa nada, —dije.
—Señorita, llevamos tres rondas y las ha hecho con nosotros. ¿Segura que no le sucede nada?
—Sí señor, Segura.
—Vamos a ver —dijo entonces, no le importará dejarnos hacer las rondas a solas.
—No puedo, —dije. Me vi obligada a contarles mis angustias.
—Ve a la esquina —dijo el oficial. Espera que se acerque, nosotros llegaremos entonces y lo interrogamos.
Por supuesto me negué, pero ellos me convencieron y finalmente accedí. Una vez allí el hombre me miraba sin moverse de su esquina y yo en la mía no dejaba de mirarlo y de rato en rato también miraba a los policías.
De pronto apareció mi hermana, fui a darle las gracias a los policías, subí al auto y nos fuimos a un rato de esparcimiento.
Aquel hombre por alguna razón decidió dejar de ser mi sombra.
2 de mayo, 2013
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