danie
solo un pensamiento...
Ataron su mandíbula, cerraron sus ojos
y con un lienzo blanco cubrieron su rostro;
una cruz decoraba el féretro magro
y una corona de crisantemos y calas
paulatinamente a la habitación perfumaba;
algunos llorando y otros en silencio
prontamente se alejaron de ese paisaje siniestro.
Allá por el valle la noche se asentaba
entre cirios que chispeaban sobre las horas sacras;
una profunda fosa por su compañía esperaba
frente a las lloronas y sus lutos de madrugada.
En la casa de servicios fúnebres:
una lápida apartada del resto se encontraba,
en ella había un epitafio
que decía con pocas palabras:
¡qué solo se queda el hombre
en el momento en que su tiempo se apaga!
Allá por la esquina de un recinto alejado,
detrás de las montañas y de los tupidos campos,
se situaba la morada de un viejo sabio,
el mismo un día me dijo:
como los ojos ciegos de los paganos
que nunca verán la luz del mañana,
no nos damos cuenta cuan solos nos quedamos
hasta el instante en que nuestro tiempo se apaga.
En otro lado del mundo, en otro cementerio lejano,
mis pasos se tropezaron con el frío mármol
de otro epigrama
que sin alguna sutileza exclamaba:
¡hasta el más tonto de los necios
sabe que en el último suspiro de su aliento
la soledad con su manto lo ampara!
Hoy pienso en mi agonizante lecho:
codiciamos tanto esa soledad gigante
para que nos traiga un poco de paz y calma
a nuestra estadía vertiginosa y atropellada
que no nos percatamos hasta que aparece
vestida de Parca y con su letal beso.
Y en ese instante
es cuando más tememos por su encuentro.
y con un lienzo blanco cubrieron su rostro;
una cruz decoraba el féretro magro
y una corona de crisantemos y calas
paulatinamente a la habitación perfumaba;
algunos llorando y otros en silencio
prontamente se alejaron de ese paisaje siniestro.
Allá por el valle la noche se asentaba
entre cirios que chispeaban sobre las horas sacras;
una profunda fosa por su compañía esperaba
frente a las lloronas y sus lutos de madrugada.
En la casa de servicios fúnebres:
una lápida apartada del resto se encontraba,
en ella había un epitafio
que decía con pocas palabras:
¡qué solo se queda el hombre
en el momento en que su tiempo se apaga!
Allá por la esquina de un recinto alejado,
detrás de las montañas y de los tupidos campos,
se situaba la morada de un viejo sabio,
el mismo un día me dijo:
como los ojos ciegos de los paganos
que nunca verán la luz del mañana,
no nos damos cuenta cuan solos nos quedamos
hasta el instante en que nuestro tiempo se apaga.
En otro lado del mundo, en otro cementerio lejano,
mis pasos se tropezaron con el frío mármol
de otro epigrama
que sin alguna sutileza exclamaba:
¡hasta el más tonto de los necios
sabe que en el último suspiro de su aliento
la soledad con su manto lo ampara!
Hoy pienso en mi agonizante lecho:
codiciamos tanto esa soledad gigante
para que nos traiga un poco de paz y calma
a nuestra estadía vertiginosa y atropellada
que no nos percatamos hasta que aparece
vestida de Parca y con su letal beso.
Y en ese instante
es cuando más tememos por su encuentro.