Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sobre la arena se ennegrecen los restos de un barco. Quilla al aire, con un costillar de maderas curadas en soles y aguas, salitre en cada rincón y olor de algas. Tacto rudo, basto, de cuadernas que aguantaron mares bravos y calmas que hicieron eternas las jornadas. Aroma de pez y brea que el sol ha ido derritiendo.
Apoyo la espalda en los maderos y reclino la cabeza, mi cuerpo cansado en mil derrotas. Y me llega el llanto de Nausícaa entre el rumor de las olas y cruje la arena bajo las fuertes pisadas de Polifemo. Siento en mi cuerpo el abrazo de Calipso y su piel suave mientras me promete eternidades. Me llega la risa de Circe que me enloquece, anula mis horas, llena mi pensamiento, que aprisiona mis brazos, mi ser todo, como si estuviese atado al mástil de la nave mientras escucho el canto de las sirenas.
Sácame del sueño, Penélope, vuelve tus ojos a mi horizonte, ora por mí a los dioses, ruega por mi retorno. Quiero oír la voz de Telémaco y acariciar por última vez la cabeza de Argos. Líbrame del sueño oscuro que me tiñe las manos con la sangre de Antínoo.
Un escalofrío me recorre la espalda. Rápido me levanto, puesto en pie sobre la arena. Barco sin nombre. Ruina que muere en una playa. En una cuaderna, toscamente grabado con la punta de un cuchillo se lee: Odiseo.
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