Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Ahí estaba yo, fumando en la terraza de un café de mala suerte. Sólo como siempre desde que cerré aquel local en la Curva del Diablo, extrañando la melodía empalagosa del camioncito desvencijado de las nieves, recordando de aquel tiempo la mala suerte que no se comidió en quedarse ahí para salud de mi buena suerte, extrañando ahora, sin miedo, a los nativos que sólo comían sesos fritos de pensantes sobre los cofres de los autos abandonados, maldiciendo mi cobardía por no haberme atrevido a besar al ángel aquel que pasó aquella media tarde por mi pequeño feudo ya hace casi un año y al cual se le cayó una pluma blanca después de que intentó darme ese beso para fundirme por siempre los labios y la cual adornó hasta el último día en el local el altar de san Judas Tadeo, recordando que fue en aquellos tiempos cuando se me calló el corazón al esconderse atrás de otros corazones después de caer en una coladera victima de un ataque vano de desamor terminal.Ahí estaba yo con mi inseparable libro sobre la mesa que me miraba con sus tiernas interrogaciones y al que ya le atacaban tremendos accesos de otoño que hacían que se le volaran las hojas de las que se sujetaban con fuerza los versos y las contradicciones, los puntos y seguido, y al cual me negaba, sólo por ser yo un gandaya, a firmarle la santa paz que ya se merecía después de tantos apuntes y tantos borrones.
Ahí estaba yo, viendo con mis ojos completamente secos pasar el tiempo, con mi taza de café humeante paseando despacio de la mano a los labios y luego a la mesa y después a la mano y de nuevo a los labios que aún aprovecho por no estar fundidos y después a la mesa, sólo como cruz de camposanto adornando, si es que así se puede decir, las mesas vacías del café con mi figura casi transparente para la gente, excepto para el mesero que también debe de ser, como yo, un apóstol obligado de los últimos días, con mi cabello largo que reposaba sobre mis hombros, alejando de mi persona la mirada de los gatos con la imagen de mi barba rala y descuidada, con el humo de mi cigarro escribiendo en el viento caprichosas palabras, esperando a que la muerte se acordara por fin de mi carne y de mis huesos.
. 12 8.11 en una tarde de calor en la que los recuerdos son tan repetitivos como tos de invierno.
Nota 1. sé que un día, no se cuando ni como, te darás cuenta que tu olvido no está completo, y entonces te llegará a la mente mi nombre como una gota fulminante de recuerdo.
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