BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Es entonces, cuando la sangre pura,
aniquilaba los retóricos discursos del analfabeto,
y se desenterraban monedas en los palacios hirsutos
del invierno, cuando no rozaban los miembros
los escaparates muertos por azotes de cristales
detenidos. La herida ampliaba su horizonte de mimbre,
y en las lechuzas amarillentas, se gestaba el polvo del orinal;
era entonces, la sangre fresca y el dátil inmóvil, la purpurina
de la piedra, y el desahogo del elefante, tirando para atrás
sus largas cabelleras. Yo me dejé los ojos en la penúltima estrofa
y un sinfín de números y fórmulas, añadieron ojeras de antipatía
y somnolencia diurna a los zapatos del profesor.
Es cuando el cruce de camellos, partido por los hocicos imprevisibles,
dirimía su ecuánime sangre en los glóbulos de los poetas, y un manantial,
todavía de fuerza desconocida, acudía en auxilio de los mentecatos y
los dragones.
Yo me dejé arrastrar por las escaleras del cieno, donde antiguos monos
ideaban sus tragedias sin nombrar. Me recitaban amor con vocablos
de eternidad, y la amargura era, sin memoria de la luz, un bote de mayonesa podrida.
©
aniquilaba los retóricos discursos del analfabeto,
y se desenterraban monedas en los palacios hirsutos
del invierno, cuando no rozaban los miembros
los escaparates muertos por azotes de cristales
detenidos. La herida ampliaba su horizonte de mimbre,
y en las lechuzas amarillentas, se gestaba el polvo del orinal;
era entonces, la sangre fresca y el dátil inmóvil, la purpurina
de la piedra, y el desahogo del elefante, tirando para atrás
sus largas cabelleras. Yo me dejé los ojos en la penúltima estrofa
y un sinfín de números y fórmulas, añadieron ojeras de antipatía
y somnolencia diurna a los zapatos del profesor.
Es cuando el cruce de camellos, partido por los hocicos imprevisibles,
dirimía su ecuánime sangre en los glóbulos de los poetas, y un manantial,
todavía de fuerza desconocida, acudía en auxilio de los mentecatos y
los dragones.
Yo me dejé arrastrar por las escaleras del cieno, donde antiguos monos
ideaban sus tragedias sin nombrar. Me recitaban amor con vocablos
de eternidad, y la amargura era, sin memoria de la luz, un bote de mayonesa podrida.
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