Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No fue un amor imposible.
Fue un amor mal ubicado en el mapa,
como poner el corazón en un país
que no concede visas.
Te quise con una precisión peligrosa:
sabía exactamente dónde dolías
y aun así apoyé la boca ahí,
como quien prueba una herida
solo para confirmar que sigue viva.
Había algo obscenamente hermoso
en no tocarnos.
Ese erotismo de borde,
de codo rozando codo,
de frases que se quedaban a medio desvestir
porque decirlas completas
habría sido una forma vulgar de rendirse.
Te deseé con inteligencia,
que es la forma más cruel del deseo.
Pensándote.
Imaginándote mejor de lo que eras,
peor de lo que convenía.
Mi cuerpo te escribió cartas
que nunca llegaron a tus manos
pero dejaron marcas en mi espalda,
en esa zona donde el deseo
no pide permiso
y el orgullo no manda.
No éramos trágicos.
Éramos ridículos en silencio.
Dos personas maduras
haciéndose los fuertes
mientras el corazón
se les deshacía como pan mojado
en la mínima cercanía.
Te quise sin épica
y por eso dolió más.
Sin promesas,
sin futuro,
sin ese teatro heroico
que vuelve soportable la pérdida.
Lo nuestro fue íntimo
como una broma que nadie entiende
y por eso no se puede contar.
A veces pienso
que si te hubiera tenido
te habría perdido rápido.
Y eso me consuela
de la manera más irónica posible:
no te tuve
y aun así
me arruinaste con una elegancia impecable.
No te escribo porque espere algo.
Te escribo porque hay amores
que no quieren respuesta,
solo un lugar donde seguir existiendo
sin pedir perdón.
Si esto es amar,
que nadie me cure.
Prefiero esta herida exacta,
este pulso innecesario,
esta forma absurda y hermosa
de seguir vivo
pensándote.
Fue un amor mal ubicado en el mapa,
como poner el corazón en un país
que no concede visas.
Te quise con una precisión peligrosa:
sabía exactamente dónde dolías
y aun así apoyé la boca ahí,
como quien prueba una herida
solo para confirmar que sigue viva.
Había algo obscenamente hermoso
en no tocarnos.
Ese erotismo de borde,
de codo rozando codo,
de frases que se quedaban a medio desvestir
porque decirlas completas
habría sido una forma vulgar de rendirse.
Te deseé con inteligencia,
que es la forma más cruel del deseo.
Pensándote.
Imaginándote mejor de lo que eras,
peor de lo que convenía.
Mi cuerpo te escribió cartas
que nunca llegaron a tus manos
pero dejaron marcas en mi espalda,
en esa zona donde el deseo
no pide permiso
y el orgullo no manda.
No éramos trágicos.
Éramos ridículos en silencio.
Dos personas maduras
haciéndose los fuertes
mientras el corazón
se les deshacía como pan mojado
en la mínima cercanía.
Te quise sin épica
y por eso dolió más.
Sin promesas,
sin futuro,
sin ese teatro heroico
que vuelve soportable la pérdida.
Lo nuestro fue íntimo
como una broma que nadie entiende
y por eso no se puede contar.
A veces pienso
que si te hubiera tenido
te habría perdido rápido.
Y eso me consuela
de la manera más irónica posible:
no te tuve
y aun así
me arruinaste con una elegancia impecable.
No te escribo porque espere algo.
Te escribo porque hay amores
que no quieren respuesta,
solo un lugar donde seguir existiendo
sin pedir perdón.
Si esto es amar,
que nadie me cure.
Prefiero esta herida exacta,
este pulso innecesario,
esta forma absurda y hermosa
de seguir vivo
pensándote.