Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Después de esperar durante más de veinte minutos, la mesera al fin me trae el plato. Esta demora no tiene justificación, pienso, pues el establecimiento está prácticamente vacío. Un par de mesas más adelante, veo la espalda de una mujer con el pelo rizado que no parece hacer caso del niño obeso que revolotea a su alrededor con un avión de juguete mientras habla por el celular; en la barra, a mi izquierda, una pareja de enfermeros románticos soplan y revuelven el vapor de sus tazas de café... y nadie más. Claro, también me cuento yo dentro del escueto grupo, aunque me sienta ajeno. Mi impaciencia no se origina en la prisa de llegar a tiempo a alguna parte, pero no logró comprender por qué tengo que esperar media hora por un par de simples huevos estrellados.
Y si nadie me responde es porque no pregunto. La joven mesera es tan amable que pienso que de ser posible me serviría su sonrisa en el plato porque parece que se le está cayendo de la boca. Esto es muy incómodo porque su manera de sonreír parece de auténtica deferencia hacia mí, pero estoy seguro que forma parte del conjunto de obligaciones de su trabajo. Detesto saber que su gesticulación teñida de un leve buganvilia es un elemento más de su uniforme, pero detesto aún más tener que corresponder su artimaña con otra sonrisa tan forzada que me parece que mi boca va reventar en cualquier momento por la tensión muscular, liberando murciélagos negros de mi garganta. Pero no sucede así; la joven mesera se marcha, mis comisuras se distienden y me dispongo a apurar mi desayuno.
¡Qué! Hay una sonrisa servida en mi plato. Es lo primero que capto mientras una oleada de indignación me recorre las tripas. Esto es intolerable, un acto perverso contra los seres grises que luchamos por sobrevivir en un mundo enfermo. Cierro los ojos y trato de convencerme de que he tenido una alucinación. Pero no, definitivamente no es un engaño de mis sentidos, lo veo claro: una cara me sonríe en el plato. A las yemas de los huevos le han delineado el contorno con una repugnante salsa de tomate y a las tres lonchas de tocino retorcido, también decoradas con cátsup, las han obligado a sonreír de manera infame, desproporcionada, de oreja a oreja en un plato sin orejas.
¿Quién querría comerse estas espantosas pupilas con evidentes signos de cataratas que te miran a los ojos como si supieran que estás a punto de devorarlas? ¡Quién se llevaría a la boca una boca sonriente de puerco frito en su propia grasa muerta! La comida no debería mirarte, no, señor, mucho menos sonreírte. Es una atentado contra la dignidad de las gallinas y sus sagradas cloacas y sus venerables culos reventados que parieron este par de células sacrificadas, estos casi pollos que ya no lo serán porque pasarán a formar parte de mi ente orgánico, de mi propio ser sin plumas, de mi mierda que ni pía ni cacarea. ¡No, no y no!
Intuyo que no voy a poder tragar esta infamia mientras reviento una de las yemas con un trozo de pan; el trasunto de córnea hace puag y se derrama por la clara blanca como una viscosa lágrima amarilla, cruda, que perdió el sentido de la gravedad sin haber poseído nunca el de la estética. Ahora mismo quisiera gritarle a la imbécil mesera, recordarle que mi petición fue enfática, directa, sin ruido semántico: “Quiero solo dos huevos con las yemas bien cocidas, por favor”. Pero no lo hago. Las personas grises y tímidas de esta tierra no reclaman, no gritan, protegen celosamente su anonimato. Si acaso lanzan miradas furtivas como si estuvieran premeditando un asesinato, el propio o el del resto del mundo hostil.
Durante algún tiempo sigo navegando en las cloacas de mi rabia, pero me distrae una escena que parece proyectada desde de mis ojos. La mesera está discutiendo con la señora del pelo rizado, o mejor dicho, está recibiendo una retahíla de reclamos en las que puedo apreciar algunas altisonancias. “Es que no puedo entender tu nivel de ineptitud, ¿eres pendeja o que te pasa?” La joven empleada ha perdido del todo su sonrisa y ejecuta movimientos nerviosos con las manos. La pareja de la barra también está contemplando lo que ocurre e intercambian entre sí algunos murmullos. Esto me confirma que no estoy imaginando lo que veo: es la espada flamígera de la justicia, me digo y siento un tibio dulzor en el paladar. Aún transcurren algunos minutos, luego la mujer alterada se levanta de la silla y grita “¡Este lugar es una puta mierda!”, coge de la mano al niño gordo que no deja de berrear, “Quiero mis huevos, mami”, y pasan junto a mí, perdiéndose para siempre a mis espaldas.
La mesera parece descompuesta. Una mujer mayor sale de la cocina e intercambia con ella algunas palabras que parecen animarla, incluso en algún momento le frota el hombro, para luego tomar volver al lugar de donde salió. La joven se acomoda un mechón de cabello suelto detrás de su oreja, mientras recoge los platos intactos y asea un poco el mantel. Finalmente, se acerca a donde estoy, me mira, y sonríe nuevamente. Esta sonrisa ha cambiado; siento que me atraviesa, que me invade con un escalofrío indescriptible.
–Amigo, cuánto lo siento –no puedo dejar de mirar que su boca habla y sigue sonriendo–. Me confundí y te traje la orden equivocada. No tienes que pagar por eso, claro.
Uno de sus dedos señala el plato que tengo frente a mí. Un plato vacío. Un plato de blancura casi reluciente como si yo lo hubiera fregado con el pan y lo hubiera enjuagado con mi lengua. Apenas noto algunas imperceptibles líneas rojas y arremolinadas en clave postimpresionista que delatan la presencia imposible de unos huevos sonrientes que estas horas ya chapotean su entramado de definitiva homogeneidad entre ácidos gástricos.
–No te preocupes –le respondo sonriendo descaradamente–. Lamento la grosera actitud de esa persona. En parte, también me siento responsable. Ni siquiera me di cuenta de lo que estaba comiendo, o te hubiera alertado. Pagaré mi cuenta, es lo justo. Es más, déjame también ese plato que no quisieron porque aún me ha queda un hueco. ¿Qué te parece?
La muchacha se deshace en una sonrisa tan radiante que logra convencerme de su genuina naturalidad, ajena del todo a la indumentaria y al artificio de su empleo. Se ofrece a invitarme otro café, y yo acepto. Recoge el plato vacío, el plato impostor, y pone frente a mí la orden original de huevos fritos que por un instante me miran desde una desnuda dimensión de soledad infinita.
–Ah, ejem… pero si le puedes poner un poco de cátsup y tocino te lo agradeceré mucho.
Ella parece guiñarme un ojo y vuelve tomar el plato; responde que no tardará ni un minuto y yo la miro alejarse detrás de su sonrisa rumbo a la cocina, empujada por un halo invisible de armonía.
Al cabo de tres minutos baldíos, pienso en lo terrible que resulta la vida para las personas grises como yo.
Y si nadie me responde es porque no pregunto. La joven mesera es tan amable que pienso que de ser posible me serviría su sonrisa en el plato porque parece que se le está cayendo de la boca. Esto es muy incómodo porque su manera de sonreír parece de auténtica deferencia hacia mí, pero estoy seguro que forma parte del conjunto de obligaciones de su trabajo. Detesto saber que su gesticulación teñida de un leve buganvilia es un elemento más de su uniforme, pero detesto aún más tener que corresponder su artimaña con otra sonrisa tan forzada que me parece que mi boca va reventar en cualquier momento por la tensión muscular, liberando murciélagos negros de mi garganta. Pero no sucede así; la joven mesera se marcha, mis comisuras se distienden y me dispongo a apurar mi desayuno.
¡Qué! Hay una sonrisa servida en mi plato. Es lo primero que capto mientras una oleada de indignación me recorre las tripas. Esto es intolerable, un acto perverso contra los seres grises que luchamos por sobrevivir en un mundo enfermo. Cierro los ojos y trato de convencerme de que he tenido una alucinación. Pero no, definitivamente no es un engaño de mis sentidos, lo veo claro: una cara me sonríe en el plato. A las yemas de los huevos le han delineado el contorno con una repugnante salsa de tomate y a las tres lonchas de tocino retorcido, también decoradas con cátsup, las han obligado a sonreír de manera infame, desproporcionada, de oreja a oreja en un plato sin orejas.
¿Quién querría comerse estas espantosas pupilas con evidentes signos de cataratas que te miran a los ojos como si supieran que estás a punto de devorarlas? ¡Quién se llevaría a la boca una boca sonriente de puerco frito en su propia grasa muerta! La comida no debería mirarte, no, señor, mucho menos sonreírte. Es una atentado contra la dignidad de las gallinas y sus sagradas cloacas y sus venerables culos reventados que parieron este par de células sacrificadas, estos casi pollos que ya no lo serán porque pasarán a formar parte de mi ente orgánico, de mi propio ser sin plumas, de mi mierda que ni pía ni cacarea. ¡No, no y no!
Intuyo que no voy a poder tragar esta infamia mientras reviento una de las yemas con un trozo de pan; el trasunto de córnea hace puag y se derrama por la clara blanca como una viscosa lágrima amarilla, cruda, que perdió el sentido de la gravedad sin haber poseído nunca el de la estética. Ahora mismo quisiera gritarle a la imbécil mesera, recordarle que mi petición fue enfática, directa, sin ruido semántico: “Quiero solo dos huevos con las yemas bien cocidas, por favor”. Pero no lo hago. Las personas grises y tímidas de esta tierra no reclaman, no gritan, protegen celosamente su anonimato. Si acaso lanzan miradas furtivas como si estuvieran premeditando un asesinato, el propio o el del resto del mundo hostil.
Durante algún tiempo sigo navegando en las cloacas de mi rabia, pero me distrae una escena que parece proyectada desde de mis ojos. La mesera está discutiendo con la señora del pelo rizado, o mejor dicho, está recibiendo una retahíla de reclamos en las que puedo apreciar algunas altisonancias. “Es que no puedo entender tu nivel de ineptitud, ¿eres pendeja o que te pasa?” La joven empleada ha perdido del todo su sonrisa y ejecuta movimientos nerviosos con las manos. La pareja de la barra también está contemplando lo que ocurre e intercambian entre sí algunos murmullos. Esto me confirma que no estoy imaginando lo que veo: es la espada flamígera de la justicia, me digo y siento un tibio dulzor en el paladar. Aún transcurren algunos minutos, luego la mujer alterada se levanta de la silla y grita “¡Este lugar es una puta mierda!”, coge de la mano al niño gordo que no deja de berrear, “Quiero mis huevos, mami”, y pasan junto a mí, perdiéndose para siempre a mis espaldas.
La mesera parece descompuesta. Una mujer mayor sale de la cocina e intercambia con ella algunas palabras que parecen animarla, incluso en algún momento le frota el hombro, para luego tomar volver al lugar de donde salió. La joven se acomoda un mechón de cabello suelto detrás de su oreja, mientras recoge los platos intactos y asea un poco el mantel. Finalmente, se acerca a donde estoy, me mira, y sonríe nuevamente. Esta sonrisa ha cambiado; siento que me atraviesa, que me invade con un escalofrío indescriptible.
–Amigo, cuánto lo siento –no puedo dejar de mirar que su boca habla y sigue sonriendo–. Me confundí y te traje la orden equivocada. No tienes que pagar por eso, claro.
Uno de sus dedos señala el plato que tengo frente a mí. Un plato vacío. Un plato de blancura casi reluciente como si yo lo hubiera fregado con el pan y lo hubiera enjuagado con mi lengua. Apenas noto algunas imperceptibles líneas rojas y arremolinadas en clave postimpresionista que delatan la presencia imposible de unos huevos sonrientes que estas horas ya chapotean su entramado de definitiva homogeneidad entre ácidos gástricos.
–No te preocupes –le respondo sonriendo descaradamente–. Lamento la grosera actitud de esa persona. En parte, también me siento responsable. Ni siquiera me di cuenta de lo que estaba comiendo, o te hubiera alertado. Pagaré mi cuenta, es lo justo. Es más, déjame también ese plato que no quisieron porque aún me ha queda un hueco. ¿Qué te parece?
La muchacha se deshace en una sonrisa tan radiante que logra convencerme de su genuina naturalidad, ajena del todo a la indumentaria y al artificio de su empleo. Se ofrece a invitarme otro café, y yo acepto. Recoge el plato vacío, el plato impostor, y pone frente a mí la orden original de huevos fritos que por un instante me miran desde una desnuda dimensión de soledad infinita.
–Ah, ejem… pero si le puedes poner un poco de cátsup y tocino te lo agradeceré mucho.
Ella parece guiñarme un ojo y vuelve tomar el plato; responde que no tardará ni un minuto y yo la miro alejarse detrás de su sonrisa rumbo a la cocina, empujada por un halo invisible de armonía.
Al cabo de tres minutos baldíos, pienso en lo terrible que resulta la vida para las personas grises como yo.
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