Gonvedo
Poeta asiduo al portal
Poema hecho a medias con mi amiga y poetisa Marisa Peral.
La tarde encierra humo de violetas y unos hilos de lluvia.
La plaza, acaso por la hora, un rumor de siena mate.
El cielo en fluvial descenso sobre la espina bífida del tiempo
y la glotis del destino.
Me buscaba a mí mismo, pájaro azul, entre el eco de una luz
fatigada y sus sombras apócrifas.
La casa no existía, solo se alzaban sus muros blancos
donde rezumaba la cal ardiente de un sueño futuro.
Los pájaros entregados al trajín de su vuelo de frágil cristal
y orfebrería.
Su canto, tornasol de mariposas como áurea espuma del océano
y un perfume de monte.
Ese océano, que me acompañaba a todas partes, como una voz
de muchos mares.
Bailas como un elfo adolescente a la entrada de un bosque,
caracoleas sobre mis hombros, seductor mensajero,
tu mirada fugaz vibra de emoción y me sonríes...
mas no veo los símbolos.
Y dices, mira el mar con serenidad y pasión,
escucha el canto de sus olas sin miedos
y vuela sobre ellas, ingrávida y poderosa como los acantilados
vírgenes que acogen a sus náufragos frágiles y perdidos.
Y me descubres muchacha secreta, eterna, casi romántica.
No te alejes, Coeur d'Ange, quédate conmigo.
Te veo venir, náyade, y en ti se acaban mis ojos,
con flores de Merope y luciérnagas en el pelo.
Tu paso leve sobre el verdor del musgo y las hojas
heridas por el viento.
Te aguardo en esta orilla de robles silenciosos,
donde el cielo abre sus abismos a la noche y las estrellas
caen en cascada, donde la luna ciega el corazón de los amantes
y enciende acuciantes pasiones.
Así tú eras reina del hechizo en mi postrer paisaje,
y con cada latido iba dando forma a tu belleza.
Quise abrazar tu sombra esbelta antes que el sol
la borrara al abrir su boca de invierno.
Pude alzarme, entonces, más alto aún hasta que el viento
me derribara a dentelladas, hasta donde yacía tu luz
y tu recuerdo, y volver a ese lugar tan nuestro donde las piedras
saltan sobre el agua, donde el vigoroso incienso de los días
se esparce sobre mí como una bruma de acero que viene
de un mar de muchos nombres, allí donde se halla el claustro
de mi sangre y la hondura de mi diástole.
Sin yo saberlo, quizás, ya se alzaba el ocaso y estaba en mí
a ras de suelo.
De tu mano, cuando el alba se corona, me adentré en el espejo.
Llegas y llego desde los vestigios de desiertos y glaciares
arrasados y retrocede delirante la vida mientras se despoja
de tiempos, de normas y responsabilidad.
Un afán hila y deshila su rumbo, antes lánguido;
y ahora muere de avidez por revocar la tradición,
muere por no ser más que la traslúcida turbación
de iniciarse... una y otra vez.
Y es que el futuro me suena arcaico, tiempo remoto,
arcano e insolente que se nos quedó asediado
y hay que indultar el envés de aquellos extraños espacios
redivivos.
Tú, amor, me sabes hoy a utopía.
Corazón en la noche sin que nadie conceda un sueño
y es que ahora sé de naufragios, del gran espanto
que agrieta contrafuertes de rutinas que se renuevan
con nirvanas efímeros.
Llueve, el agua se agita como una hoja al viento.
La noche zahiere en los muelles y en cada balsa las horas oscuras
caen sobre la vida y por una rendija viva saquea las estrellas.
Sin embargo, existe y brilla un rayo de esperanza, en la estación
un tren inacabado escribe destinos mínimos.
La tarde encierra humo de violetas y unos hilos de lluvia.
La plaza, acaso por la hora, un rumor de siena mate.
El cielo en fluvial descenso sobre la espina bífida del tiempo
y la glotis del destino.
Me buscaba a mí mismo, pájaro azul, entre el eco de una luz
fatigada y sus sombras apócrifas.
La casa no existía, solo se alzaban sus muros blancos
donde rezumaba la cal ardiente de un sueño futuro.
Los pájaros entregados al trajín de su vuelo de frágil cristal
y orfebrería.
Su canto, tornasol de mariposas como áurea espuma del océano
y un perfume de monte.
Ese océano, que me acompañaba a todas partes, como una voz
de muchos mares.
Bailas como un elfo adolescente a la entrada de un bosque,
caracoleas sobre mis hombros, seductor mensajero,
tu mirada fugaz vibra de emoción y me sonríes...
mas no veo los símbolos.
Y dices, mira el mar con serenidad y pasión,
escucha el canto de sus olas sin miedos
y vuela sobre ellas, ingrávida y poderosa como los acantilados
vírgenes que acogen a sus náufragos frágiles y perdidos.
Y me descubres muchacha secreta, eterna, casi romántica.
No te alejes, Coeur d'Ange, quédate conmigo.
Te veo venir, náyade, y en ti se acaban mis ojos,
con flores de Merope y luciérnagas en el pelo.
Tu paso leve sobre el verdor del musgo y las hojas
heridas por el viento.
Te aguardo en esta orilla de robles silenciosos,
donde el cielo abre sus abismos a la noche y las estrellas
caen en cascada, donde la luna ciega el corazón de los amantes
y enciende acuciantes pasiones.
Así tú eras reina del hechizo en mi postrer paisaje,
y con cada latido iba dando forma a tu belleza.
Quise abrazar tu sombra esbelta antes que el sol
la borrara al abrir su boca de invierno.
Pude alzarme, entonces, más alto aún hasta que el viento
me derribara a dentelladas, hasta donde yacía tu luz
y tu recuerdo, y volver a ese lugar tan nuestro donde las piedras
saltan sobre el agua, donde el vigoroso incienso de los días
se esparce sobre mí como una bruma de acero que viene
de un mar de muchos nombres, allí donde se halla el claustro
de mi sangre y la hondura de mi diástole.
Sin yo saberlo, quizás, ya se alzaba el ocaso y estaba en mí
a ras de suelo.
De tu mano, cuando el alba se corona, me adentré en el espejo.
Llegas y llego desde los vestigios de desiertos y glaciares
arrasados y retrocede delirante la vida mientras se despoja
de tiempos, de normas y responsabilidad.
Un afán hila y deshila su rumbo, antes lánguido;
y ahora muere de avidez por revocar la tradición,
muere por no ser más que la traslúcida turbación
de iniciarse... una y otra vez.
Y es que el futuro me suena arcaico, tiempo remoto,
arcano e insolente que se nos quedó asediado
y hay que indultar el envés de aquellos extraños espacios
redivivos.
Tú, amor, me sabes hoy a utopía.
Corazón en la noche sin que nadie conceda un sueño
y es que ahora sé de naufragios, del gran espanto
que agrieta contrafuertes de rutinas que se renuevan
con nirvanas efímeros.
Llueve, el agua se agita como una hoja al viento.
La noche zahiere en los muelles y en cada balsa las horas oscuras
caen sobre la vida y por una rendija viva saquea las estrellas.
Sin embargo, existe y brilla un rayo de esperanza, en la estación
un tren inacabado escribe destinos mínimos.