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sabio vegetal

hank

Poeta recién llegado
Los eucaliptos no dejaban de danzar
con el frío viento de los guardianes.
Se bamboleaban sometidos a la fuerza
de la invisible materia, en un eterno
vaivén de gemidos tristes y serios
emergiendo entre negras sombras
hasta los pálidos reflejos de leche.
Poderosos gritos y amenazantes formas
asistiendo hasta el abismo de la noche
crujiendo entre las ramas secas y viejas
dejando entre las gélidas brumas
el olor de las cáscaras muertas
de las pepas que granizaban en los tejados.
Bajo esa trepidante atmósfera de caos
surgieron las voces de los indeseables,
que de eso solo el nombre nada más.
Voces de gente que desafiaban la noche
de entre los altísimos eucaliptos bramantes
reclamando ante sus propias formas,
ante sus esqueletos de huesos blancos
ante sus pieles multicolores,
ante las tontas sonrisas despreocupadas.
No existe el vaticinio ni la premonición,
solo la consumación de los hechos,
de las cosas que parecen intangibles
como la impetuosa esencia del viento
o los cálidos y húmedos deseos del aliento.
Los hechos reflejan la certeza de lo inevitable
el devenir de las acciones, las decisiones tomadas,
el eterno desprecio de lo prohibido,
la incontenible marea de lo inexpugnable.
Todo se junta en un crisol de descargas vitales
de la desbocada intención de la naturaleza.
Prácticas sin sentido que reproducen falsos encantos
adornados con los corales rojos negros y blancos
de las fantasías pasajeras, de los sueños robados
a los inocentes y a los ignorantes,
a los que buscan en el fragor de las batallas
perder las fuerzas y sentirse abatidos, solos
entre unas sábanas limpias y unas copas de vino.
Pero los laureles de la batalla se vieron perdidos
nuevamente en el crepitar de los cañones
vomitando planetas de fuego y metales asesinos.
Dieron cuenta de los encantadores de eucaliptos,
no tardaron en cosechar los frutos que antes
habían sembrado con tanto afán y dedicación.
Cayeron ante su propia ley y bajo sus propias normas,
bebieron uno de sus tragos más amargos
y probaron el doloroso sabor de la derrota.
El más inocente e ignorante de todos
sintió como una tibia partícula de cobre
entraba a través de la calavera huesuda
y se fundía con la médula y con los músculos
hasta hacerse un solo elemento híbrido
para después convertirse en una fuga
de cálidas globulosidades rojas y blancas,
sembrando como en la fiesta brava
una estela de sangre, dolor y muerte.
Dejando sobre la calzada en medio del ulular
de las sirenas azules y los caballos de mar rojos
la poca miseria que todavía le quedaba,
porque la vergüenza y la vanidad
ya se le habían terminado tras esa noche.
Pero hoy todavía los eucaliptos truenan
con la avasalladora energía del viento
las pepas y las cáscaras aún trepidan en las madrugadas
y bajo las hojas secas y el pasto amarillo
todavía sueñan los encantadores.
El más inocente y el más ignorante de todos
siente todavía el fragor de las descargas
y el sabor del metal en las entrañas,
aún compara y recuerda entre los eucaliptos
que gritan y que ríen a carcajadas en la noche,
en complicidad con el viento que los devora
y los consume, los somete y los envuelve,
penetra entre sus florecientes ramitas
y en constantes movimientos destroza
y recrea a cada soplo las formas del infinito.
Aún recuerda y siente y es un híbrido.
Y le tiemblan las piernas cuando escucha
llorar a los enfermos de los hospitales
y el olor a muerte y a carne podrida
le hacen pensar en los desafíos absurdos
y en las estupideces que hay que hacer
para reconocer la sabiduría de los eucaliptos,
su manera de ceder hasta parecer quebrarse
haciendo uso de una elasticidad inaudita
para un gigante de veinticinco metros.
La carne devora al metal y recubre
entre amables moléculas y tejidos buenos
al intruso bañado en pólvora y fósforo,
queda ahí como el grito silencioso
del viento sin que nada se le atraviese,
al contrario de cuando pasa por los eucaliptos
y los obliga a cantar y a estremecerse sin descanso.
Queda como la señal palpable
de la inocencia y de la ignorancia.
 
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