Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
No recuerdo su voz;
se me traspapeló con otros ríos, quizás espigas.
Tengo memoria de su murmullo,
pero es posible que lo confunda con el color de sus ojos
u otros tatuajes.
Eran largas y delgadas sus piernas,
pero no sus besos. Aquí me callo el sol por si amanece.
Sus pechos eran las dos mitades de mi boca
y en su corazón siempre era temporada de naranjas.
Describir su pelo es tan arriesgado como surfear.
Enemiga de los peines,
su cabello era una cama destendida por todo el piso.
Usaba champú para que la noche siempre resplandeciera;
me tejía un suéter de Polaris o jugaba a la madriguera,
pero a veces el ovillo se acababa entre mis dedos
y ella no estaba al final del laberinto,
se me perdía en fondo de una niñez interrumpida.
Con tantas velas apagadas en su mirada
no llegué a conocerla del todo, solo a presentirla un tanto.
Tuvimos un gato. Construimos los paredones de la casa
con más señas y caricias que arena o tejado.
Despierto con la cara mojada de cielo, pero no es ella.
Una mañana, o dos, de sus pies pequeños
brotaron enormes pasos, ciudades enteras, constelaciones.
Se me acabaron las millas, los pasaportes, las otras ella,
y no recuerdo su voz,
pero sí el aliento de estas palabras: No quiero hacerte daño.
No olía a que la perdí o que la buscara,
sino a un ya vuelvo de alambrada.
Hace veinte minutos y varios años que sigo esperando.
Y todavía más lluvia si tampoco logro olvidar mi infancia.
se me traspapeló con otros ríos, quizás espigas.
Tengo memoria de su murmullo,
pero es posible que lo confunda con el color de sus ojos
u otros tatuajes.
Eran largas y delgadas sus piernas,
pero no sus besos. Aquí me callo el sol por si amanece.
Sus pechos eran las dos mitades de mi boca
y en su corazón siempre era temporada de naranjas.
Describir su pelo es tan arriesgado como surfear.
Enemiga de los peines,
su cabello era una cama destendida por todo el piso.
Usaba champú para que la noche siempre resplandeciera;
me tejía un suéter de Polaris o jugaba a la madriguera,
pero a veces el ovillo se acababa entre mis dedos
y ella no estaba al final del laberinto,
se me perdía en fondo de una niñez interrumpida.
Con tantas velas apagadas en su mirada
no llegué a conocerla del todo, solo a presentirla un tanto.
Tuvimos un gato. Construimos los paredones de la casa
con más señas y caricias que arena o tejado.
Despierto con la cara mojada de cielo, pero no es ella.
Una mañana, o dos, de sus pies pequeños
brotaron enormes pasos, ciudades enteras, constelaciones.
Se me acabaron las millas, los pasaportes, las otras ella,
y no recuerdo su voz,
pero sí el aliento de estas palabras: No quiero hacerte daño.
No olía a que la perdí o que la buscara,
sino a un ya vuelvo de alambrada.
Hace veinte minutos y varios años que sigo esperando.
Y todavía más lluvia si tampoco logro olvidar mi infancia.
07 de mayo de 2025