Dark Shadowlord
Poeta recién llegado
Se quedó perplejo, con los ojos abiertos como platos, con la boca ligeramente abierta, observando la terrible visión.
Cadáveres se apilaban por las calles en números increíbles, niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos, ancianas y miles de jóvenes. No podía creerlo, jamás pensó que eso pasaría, sólo intentaba hacer un bien, algo que beneficiara a su familia y a las amables personas que conocía en esa ciudad. Casi todos lo conocían de pequeño, y siempre le dirigían saludos con aprecio cuando le veían. Y ahora, todas esas caras que estuvieron alguna vez felices yacían en las calles mirándolo con sus vacíos ojos, esos ojos que estuvieron llenos de alegría alguna vez. No lo comprendía, lo que hizo no era para tanto, lo que hizo, no merecia esta clase de matanza, ese terror. El sonido de los gritos aún sonaba en sus oídos, las súplicas, y los ruegos que le hacía la gente a su última esperanza antes de ver llegar su muerte, depositaban su fé en dios, antes de recibir el golpe.
Poco después, rompió en llanto recordando esos momentos felices, a esas queridas almas que partían ahora, maldiciendo a quienes los habian destruido.
De pronto, una mano le tocó la espalda, la reconoció en seguida, su mejor amiga trataba de confortarlo y de darle un poco de ánimos. Y, aunque trataba de animarlo, le dijo:
- Te advertí lo que pasaría si ponías en duda las decisiones del gobierno...
Cadáveres se apilaban por las calles en números increíbles, niños, niñas, hombres, mujeres, ancianos, ancianas y miles de jóvenes. No podía creerlo, jamás pensó que eso pasaría, sólo intentaba hacer un bien, algo que beneficiara a su familia y a las amables personas que conocía en esa ciudad. Casi todos lo conocían de pequeño, y siempre le dirigían saludos con aprecio cuando le veían. Y ahora, todas esas caras que estuvieron alguna vez felices yacían en las calles mirándolo con sus vacíos ojos, esos ojos que estuvieron llenos de alegría alguna vez. No lo comprendía, lo que hizo no era para tanto, lo que hizo, no merecia esta clase de matanza, ese terror. El sonido de los gritos aún sonaba en sus oídos, las súplicas, y los ruegos que le hacía la gente a su última esperanza antes de ver llegar su muerte, depositaban su fé en dios, antes de recibir el golpe.
Poco después, rompió en llanto recordando esos momentos felices, a esas queridas almas que partían ahora, maldiciendo a quienes los habian destruido.
De pronto, una mano le tocó la espalda, la reconoció en seguida, su mejor amiga trataba de confortarlo y de darle un poco de ánimos. Y, aunque trataba de animarlo, le dijo:
- Te advertí lo que pasaría si ponías en duda las decisiones del gobierno...