Ana Clavero
Poeta que considera el portal su segunda casa
Había leído en alguna parte que las personas, que habían estado al borde de la muerte, hablaban de un túnel, al final del cual se veía una luz intensa, brillante y relajante, pero ella lo único que estaba viendo era oscuridad pintada de diminutos puntos luminosos; y sintiendo nauseas, muchas nauseas. Podría decir que lo que estaba sintiendo era similar a los síntomas de sus frecuentes migrañas, pero a lo bestia.
¿Estaría a las puertas del infierno? La formación religiosa que había recibido de pequeña hablaba de un infierno tenebroso al que van las personas que mueren en pecado. ¿Por qué la destinaban al infierno si ella no había hecho daño a nadie?. Sólo tenía consciencia de haberse hecho dañado a sí misma durante toda su vida. Quizás eso también era pecado. Es posible que por eso se viera ahora ante la morada de Satán. Sentía su cuerpo inmovilizado, como si alguien la hubiera atado de pies y manos. Luchó con todas sus fuerzas, trató de zafarse de esa atadura, pero un sudor frío cubrió su cuerpo y el estómago parecía querer salírsele por la garganta. ¿Qué le estaba pasando?, los muertos no sudan, ni sienten nauseas, y ella estaba muerta. De pronto empezó a vomitar y al hacerlo aquella oscuridad, sembrada de puntos luminosos, empezó a aclararse. Su visión era ahora la de una habitación que le resultaba conocida. ¿Querría decir aquello que había vida tras la muerte?
Vomitó de nuevo y su visión se tornó más nítida. La habitación que veía era el salón de su casa. Todo en su cabeza daba vueltas, pero podía distinguir claramente sus muebles y sus objetos de decoración. Allí estaba aquel cuadro, que tanto le gustaba. Lo había encontrado en un mercadillo de objetos antiguos y se prendó de él desde el primer momento. El cuadro mostraba a una mujer con traje y sombrero de época, era una mujer de ojos tristes, unos ojos que le resultaban familiares. No regateó en el precio. Pagó lo que le pidieron y lo colgó en un lugar preferente de su salón. Un día supo por que intuía familiaridad en aquella mirada. Acababa de ver una similar al mirarse al espejo de su baño aquella mañana. Era la mirada del desamor.
El sonido familiar de la llave en la cerradura de la puerta le hizo toparse de bruces con la realidad: no había muerto. Probablemente la dosis de comprimidos de Orfidal, que había ingerido no había sido suficiente o tal vez su cuerpo, acostumbrado durante años a vómitos provocados por un proceso de bulimia que no lograba controlar, había reaccionado sacando fuera el exceso de pastillas como si se tratara de un atracón tras un asalto clandestino al frigorífico.
Oyó como su marido entraba en casa. Eran las seis de la mañana. No necesitaba preguntar de donde venía a aquellas horas. Sabía que hasta poco rato antes había estado calentando una cama ajena. De pronto se dio cuenta del error que había estado a punto de cometer. Aquel hombre al que se había entregado por completo, sin condiciones, le estaba pagando con la moneda de la indeferencia. Anteponía las noches de neón y alcohol a lo que ella le ofrecía, un amor incondicional.
Intentó levantarse del sofá, pero no pudo. Su cuerpo no respondía a las órdenes de la mente. Sentía un hormigueo y una pesadez que le impedían moverse. ¡ Tenía que levantarse, no quería morirse, ya no quería morirse!.
Hizo esfuerzos para ponerse de pié, pero sus piernas no resistieron el peso de su cuerpo. Su marido llegó, hasta ella, a tiempo de evitar que cayera al suelo.
Le preguntó que le pasaba y ella pretextó una gastroenteritis. No cometería el error de contarle a nadie que había intentado suicidarse. Si los demás se enteraban arrastraría ese estigma toda su vida, porque la sociedad es muy dada a poner etiquetas y, aunque, pocas horas antes le hubiera traído al pairo lo que los demás pensaran sobre su acto cobarde, ahora le importaba, le importaba mucho. Había cambiado de opinión, quería seguir viviendo y estaba decidida a reiniciar su vida sin ningún lastre del pasado.
Concentraría sus esfuerzos en salir del ostracismo en el que poco a poco había ido cayendo. Desterraría la melancolía, la tristeza, la ansiedad, los miedos, la soledad, el desasosiego. No seguiría vegetando. No volvería a permitir que nadie la tratara como un objeto. No más amor sin amor. No más caricias mendigadas. No más mentiras. No más restos de fragancias ajenas en su cama. No más noches sin estrellas. No más eclipses. No más oscuridad. Ya no habría más lágrimas que enjugaran su tormento, porque el tormento pertenecía ya al pasado. Se merecía ser amada y había necesitado tocar fondo para darse cuenta de ello.
Respecto su relación con el hombre que ahora ocupada su cama y que, hasta poco rato antes, había ocupado otra cama con otra dueña; decidiría cuando se encontrara mejor, cuando volviera a tener fuerzas, pero esa decisión formaba parte de su futuro, de un futuro en el que el sol, la luna, las estrellas; todos los astros volverían a brillar. Ahora era ella el centro de su universo. Había llegado el momento de empezar a quererse a sí misma.
Abril2006