Lo escribí como hace 4 años así que si tiene faltas no les den mayor importancia
El patriarca celestial había muerto, los ángeles mortalmente heridos
derramaban lágrimas de sangre hacia la tierra maldita que tan
vilmente había puesto fin, a la existencia del eterno.
Aquellos despreciables seres, habitantes de la tierra sombría, sentíanse
abrumados por el dolor, no comprendían aquella lluvia roja y oscura que,
lúgubre inundaba y proclamaba entre las cenizas del cielo "el fin del mundo".
Las lágrimas divinas caían irrumpiendo las pieles mortales, traspasando los
límites de la carne, llegando a los huesos, y calando aún más profundo, se
situaba en el rincón más escondido de estos pútridos seres, su alma. Aquél
era el castigo de los hijos infieles, que ahora se volvían bastardos.
Transformábase la sangre, en un terrible fuego azul, mounstruo invertebrado que fundaba su existencia en la ingestión de almas.
Durante mil años devoró la propia escencia de vida de cada ser en este
planeta.
Aquel oscuro milenio, las sombras danzaban entre los restos carnales de los
traidores, que nunca volverían a su origen, el polvo. Seguían descomponiéndose
en un suerte de perpétua y sacrílega putrefacción.
Una gélida brisa cubrió la tierra, la criatura devoradora de almas se sintió
sofocada, sabía que su hora había llegado. Lenta y dolorosamente comenzó a
desvanecerse, y cuando lo hizo, dos figuras emergieron de la luz. De la única luz
que quedaba en la tierra. Eran hijos de las almas devoradas
En ese momento el sol despertó de su longevo letargo y abrazó al mundo
una vez más, la fría condesa de las tienieblas se proclamó derrotada.
Aquellas enigmáticas criaturas creían en el padre, y al hacerlo, lo volvieron
eterno nuevamente.
La esperanza nunca muere, aunque sea en la forma de una brisa imperceptible,
siempre sigue a nuestro lado. Nos acompaña en el umbral y en el abismo.
Mientras creamos en nosotros el eterno se mantendrá eterno
"Somos nuestros propios dioses"
El patriarca celestial había muerto, los ángeles mortalmente heridos
derramaban lágrimas de sangre hacia la tierra maldita que tan
vilmente había puesto fin, a la existencia del eterno.
Aquellos despreciables seres, habitantes de la tierra sombría, sentíanse
abrumados por el dolor, no comprendían aquella lluvia roja y oscura que,
lúgubre inundaba y proclamaba entre las cenizas del cielo "el fin del mundo".
Las lágrimas divinas caían irrumpiendo las pieles mortales, traspasando los
límites de la carne, llegando a los huesos, y calando aún más profundo, se
situaba en el rincón más escondido de estos pútridos seres, su alma. Aquél
era el castigo de los hijos infieles, que ahora se volvían bastardos.
Transformábase la sangre, en un terrible fuego azul, mounstruo invertebrado que fundaba su existencia en la ingestión de almas.
Durante mil años devoró la propia escencia de vida de cada ser en este
planeta.
Aquel oscuro milenio, las sombras danzaban entre los restos carnales de los
traidores, que nunca volverían a su origen, el polvo. Seguían descomponiéndose
en un suerte de perpétua y sacrílega putrefacción.
Una gélida brisa cubrió la tierra, la criatura devoradora de almas se sintió
sofocada, sabía que su hora había llegado. Lenta y dolorosamente comenzó a
desvanecerse, y cuando lo hizo, dos figuras emergieron de la luz. De la única luz
que quedaba en la tierra. Eran hijos de las almas devoradas
En ese momento el sol despertó de su longevo letargo y abrazó al mundo
una vez más, la fría condesa de las tienieblas se proclamó derrotada.
Aquellas enigmáticas criaturas creían en el padre, y al hacerlo, lo volvieron
eterno nuevamente.
La esperanza nunca muere, aunque sea en la forma de una brisa imperceptible,
siempre sigue a nuestro lado. Nos acompaña en el umbral y en el abismo.
Mientras creamos en nosotros el eterno se mantendrá eterno
"Somos nuestros propios dioses"