Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Y
vio el buen Dios que todo era hermoso,
que animales, plantas y hombre eran felices,
que hombre y mujer se complementaban,
que disfrutaban afanosamente
de cuanto pródigamente
la tierra les ofrecía para vivir.
Entonces el buen maestro creador
se retiró a descansar,
pero su siesta pronto fue interrumpida;
el odio y codicia enfrentaron,
a esposo y esposa,
a padre y madre,
a hermano y hermana,
a pueblos enteros,
que por el afán de llevárselo todo,
arrasaban plantaciones,
matándose unos a otros;
volviendo su paraíso,
un campo de concentración,
una cámara de gas;
escaseaban el aire limpio,
las cristalinas aguas,
inundaciones, terremotos,
pestes, guerras, se vivían y anunciaban.
Las cosechas se secaban, se inundaban,
sus animales morían,
las especies desaparecían día adía;
de nada le servía su intento desesperado de clonarlos,
peor aún, todo empeoraba,
el caos, la angustia, desesperaban su espíritu.
Una trampa mortal
que cada día amenazaba la vida
de plantas y animales, y la destrucción
de quien el planeta quisiera habitar.
Un apocalipsis para quienes tempranamente
se los llevaba la guerra y la catástrofe.
Entonces el buen Dios descendió de su pedestal
en donde quiso descansar
Y alargando su prodiga mano
sin odio, sin rabia y rencor,
enseñó al temeroso y testarudo hombre,
a la astuta, inquieta y seductora mujer,
como habitar esta tierra.
Aumentó la inteligencia del hombre y la mujer,
agregándoles una dosis perfecta de amor
bendijo cada especie animal y vegetal,
haciéndolas más resistentes
Y elevando sus manos al cielo,
a hombre y mujer,
les enseñó todos los universos
que podían habitar, y como llegar a ellos,
como conquistarlos sin destruirlos,
como mejorar la vida en la tierra, recordándoles su primitiva esencia,
como recuperar la ambicionada paz, su felicidad y tranquilidad,
como aproximarse de nuevo al paraíso perdido.
Entonces, marchó el buen artífice de la creación
a darse su merecido descanso,
una vez hubo terminado su gran lección:
se llega más lejos cuando se construye así mismo
sin destruir al otro;
cuando se comparten los frutos del acto creador
Y ante todo, cuando todos los esfuerzos para explorar este infinito universo
se hacen en equipo, compartiendo trabajo y ganancias.
Siempre luchando para no caer en la ignorancia, el rencor, el odio, la codicia
y la envidia que son los constitutivos humanos
que le han impedido a la criatura humana
vivir en armonía con todas las especies y ser feliz.
El sueño humano de ser un animal superior,
una raza superior,
para dominar el mundo, y sus criaturas,
ha sido lo que le ha llevado a su propia destrucción,
y con ella, a la destrucción de lo más preciado,
¡su planeta!
que animales, plantas y hombre eran felices,
que hombre y mujer se complementaban,
que disfrutaban afanosamente
de cuanto pródigamente
la tierra les ofrecía para vivir.
Entonces el buen maestro creador
se retiró a descansar,
pero su siesta pronto fue interrumpida;
el odio y codicia enfrentaron,
a esposo y esposa,
a padre y madre,
a hermano y hermana,
a pueblos enteros,
que por el afán de llevárselo todo,
arrasaban plantaciones,
matándose unos a otros;
volviendo su paraíso,
un campo de concentración,
una cámara de gas;
escaseaban el aire limpio,
las cristalinas aguas,
inundaciones, terremotos,
pestes, guerras, se vivían y anunciaban.
Las cosechas se secaban, se inundaban,
sus animales morían,
las especies desaparecían día adía;
de nada le servía su intento desesperado de clonarlos,
peor aún, todo empeoraba,
el caos, la angustia, desesperaban su espíritu.
Una trampa mortal
que cada día amenazaba la vida
de plantas y animales, y la destrucción
de quien el planeta quisiera habitar.
Un apocalipsis para quienes tempranamente
se los llevaba la guerra y la catástrofe.
Entonces el buen Dios descendió de su pedestal
en donde quiso descansar
Y alargando su prodiga mano
sin odio, sin rabia y rencor,
enseñó al temeroso y testarudo hombre,
a la astuta, inquieta y seductora mujer,
como habitar esta tierra.
Aumentó la inteligencia del hombre y la mujer,
agregándoles una dosis perfecta de amor
bendijo cada especie animal y vegetal,
haciéndolas más resistentes
Y elevando sus manos al cielo,
a hombre y mujer,
les enseñó todos los universos
que podían habitar, y como llegar a ellos,
como conquistarlos sin destruirlos,
como mejorar la vida en la tierra, recordándoles su primitiva esencia,
como recuperar la ambicionada paz, su felicidad y tranquilidad,
como aproximarse de nuevo al paraíso perdido.
Entonces, marchó el buen artífice de la creación
a darse su merecido descanso,
una vez hubo terminado su gran lección:
se llega más lejos cuando se construye así mismo
sin destruir al otro;
cuando se comparten los frutos del acto creador
Y ante todo, cuando todos los esfuerzos para explorar este infinito universo
se hacen en equipo, compartiendo trabajo y ganancias.
Siempre luchando para no caer en la ignorancia, el rencor, el odio, la codicia
y la envidia que son los constitutivos humanos
que le han impedido a la criatura humana
vivir en armonía con todas las especies y ser feliz.
El sueño humano de ser un animal superior,
una raza superior,
para dominar el mundo, y sus criaturas,
ha sido lo que le ha llevado a su propia destrucción,
y con ella, a la destrucción de lo más preciado,
¡su planeta!