razyel
Poeta recién llegado
Dan las doce, brindó y celebró por mí, por mis heridas, por mis dolores, por mi culpa, por otro año sin amor, por este cáncer que aún no me mata, por las angustias y miserias que me acompañan. Como en soledad, restos de pizza recalentada, algo quemada, y bebo un vaso de cerveza, ¿Qué mejor que un depresivo para una depresión?
Las doce y cuarto, los fuegos artificiales aún convulsionan en el cielo. Contempló el desolado silencio de la casa abandonada, de risas apagadas y lágrimas guardadas entre sus paredes.
Salgo a la calle, me siento en la vereda, prendo un cigarrillo, aspiro la miseria y respiro la mentira del tiempo a destiempo en esta calle sin edad.
Casualmente, ella se pasea por ahí; Angélica, como siempre, vestida sencillamente, con sus rulos a cuestas y sus ojos verdes que asustan. Maldita mujer, no está en sus mejores momentos y aún así tan hermosa.
Se acercó lentamente, con su sensualidad exagerada de siempre, o nunca. Estaba casi temblando, el frío supongo; en una de sus manos un vaso de sidra, o eso supuse, y en su otra mano su fiel cigarrillo. Terminó la, supuesta, sidra de un sorbo, arrojó el vaso descartable al suelo, se sentó junto a mí, se apuró por apagar su cigarrillo contra la vereda y rompió el silencio.
- ¿A qué se debe esta tan notoria alegría tuya, Gabriel? - Dijo secamente.
- A nada, básicamente, o a lo de siempre, probablemente. Me conoces y sabes, que yo siempre ando desbordando alegría. - Dije con sarcasmo.
- Si no te conociera tan bien como decís diría que estás triste. -
- La tristeza es relativa, pero yo no estoy triste, sino no feliz. -
- ¿La no felicidad también es relativa? -
- Probablemente, como la intristeza ( ¿Ésa palabra existe?). En teoría todo es relativo, teniendo en cuenta eso, hasta se podría afirmar que, hipotéticamente, quizás la teoría de la relatividad es relativa en teoría. - Ni yo creí lo que decía.
- Einstein debe estar revolcándose en su tumba, mientras te maldice. - Dijo en tono de burla.
- Sólo fue una pequeña blasfemia intelectual, de un humilde admirador de Poincare. -
- Fue por resentimiento de que el, a pesar de haber hecho tan importantes aportes como Einstein, sólo sea conocido, por la misma cantidad de mortales que desconocen la existencia de Albert (y quizás exageró), ¿No? - Dijo, esperando una respuesta más que obvia.
- Vos sí que me conoces. - Dije, sin más que agregar y no dar una respuesta tan obvia.
-Puede ser, hace años que te conozco, pero realmente sólo hace uno, porque antes ni la hora me dabas. - Dijo mirándome con cierta angustia.
- Vos tampoco me hablabas, así que estamos a mano. -
- Capaz, pero vos me eras indiferente, hasta me negabas la mirada. - Dijo mirándome muy fijamente.
- Te ignoraba, porque me gustabas, en aquel entonces, y pensé que así lograría que ese sentimiento no pase a más. -
- ¿Funciono?-
- Que importa, total nada importa, o por lo menos demasiado poco. - Dije, sin saber que contestar.
Me miro con cierto enojo, como diciendo (seguramente lo pensó) maldito energúmeno mal parido. Me adelante, a lo que sea, que ella diría, diciendo:
- Pero dejemos de hablar de mí, y vos decimé, ¿Qué hace una chica tan linda como vos, una noche tan hermosa, tan especial, tan fraternal, sentada al lado del más miserable de los idiotas? - Dije, tratando de evitar lo inevitable.
- Yo estoy con quien quiero estar, nada más. Eso es suficiente para mí. -
- No entendí, pero bueno, vos también me caes bien. -
- Igual no creas que me olvide de la pregunta, dale contesta, maldito energúmeno mal parido. -
- Yo también te quiero, che, no hace falta que me ensalces tanto-
- A veces me pregunto, porque será que admiro a un tipo tan insensible y tan honesto como cobarde. -
- Y ¿Qué queres que te diga?, yo no pedí que me admires, me amistad vale poco como mi persona. -
- Para mí no es así, sos ordinariamente especia, único en todo caso. - Dijo mirándome con sus pequeños enormes ojos verdes que brillaban, más de lo que yo recordaba.
- Escuchate, ni vos crees lo que decís. -
- ¿Nunca te enamorarías de mí?-
Ella empezó a reírse inconteniblemente, tan contagiosamente, que hasta casi me reí, pero no. Entonces se levanto y comenzó a insultarme, me dijo de todo, menos que era bonito, desde idiota hasta homosexual. Me levante bruscamente, y, violentamente, le di un beso, que casi la tiro al piso.
Me empujó y me dijo:
- Sos un súper, archí, mega, híper, recontra pelotudo. Aún así te amo. -
- Lo dudo, lo nuestro es menos que platónico. Además eso tampoco importa. -
- ¡¿Qué carajo te importa entonces?!-
- ¿A mí?, todo y nada, mi pasado miserable, mi presente irregular y mi futuro impredecible. Esto, yo, esta veredita, esta noche, que te amo y que jamás me animare a decírtelo. -
- Por lo menos pensas que soy súper. -
Entonces empezamos a reír y reír, hasta casi llorar de la risa, sus ojos eran más brillantes, en este momento, y sus rulos salvajes eran perfectos.
Le extendí la mano, la invite a volver a sentar junto a mí. La abraze fuerte y nos quedamos así en silencio riendo de vez en cuando de modo, algo, idiota. En cuestión, era feliz, o quizás era el espíritu navideño o en realidad estaba enamorado o simplemente me volví un poco más humano; sea lo que fuera, aquella contemplación del amanecer fue la más hermosa que recuerdo, quizás hasta mas de lo que alguna vez soñé.
Y ahora sólo eso importaba, el presente, Angélica, yo, que la amaba aun sin saber lo era el amor, todo era perfecto y yo era feliz, ella era feliz, no necesitaba nada más.
Las doce y cuarto, los fuegos artificiales aún convulsionan en el cielo. Contempló el desolado silencio de la casa abandonada, de risas apagadas y lágrimas guardadas entre sus paredes.
Salgo a la calle, me siento en la vereda, prendo un cigarrillo, aspiro la miseria y respiro la mentira del tiempo a destiempo en esta calle sin edad.
Casualmente, ella se pasea por ahí; Angélica, como siempre, vestida sencillamente, con sus rulos a cuestas y sus ojos verdes que asustan. Maldita mujer, no está en sus mejores momentos y aún así tan hermosa.
Se acercó lentamente, con su sensualidad exagerada de siempre, o nunca. Estaba casi temblando, el frío supongo; en una de sus manos un vaso de sidra, o eso supuse, y en su otra mano su fiel cigarrillo. Terminó la, supuesta, sidra de un sorbo, arrojó el vaso descartable al suelo, se sentó junto a mí, se apuró por apagar su cigarrillo contra la vereda y rompió el silencio.
- ¿A qué se debe esta tan notoria alegría tuya, Gabriel? - Dijo secamente.
- A nada, básicamente, o a lo de siempre, probablemente. Me conoces y sabes, que yo siempre ando desbordando alegría. - Dije con sarcasmo.
- Si no te conociera tan bien como decís diría que estás triste. -
- La tristeza es relativa, pero yo no estoy triste, sino no feliz. -
- ¿La no felicidad también es relativa? -
- Probablemente, como la intristeza ( ¿Ésa palabra existe?). En teoría todo es relativo, teniendo en cuenta eso, hasta se podría afirmar que, hipotéticamente, quizás la teoría de la relatividad es relativa en teoría. - Ni yo creí lo que decía.
- Einstein debe estar revolcándose en su tumba, mientras te maldice. - Dijo en tono de burla.
- Sólo fue una pequeña blasfemia intelectual, de un humilde admirador de Poincare. -
- Fue por resentimiento de que el, a pesar de haber hecho tan importantes aportes como Einstein, sólo sea conocido, por la misma cantidad de mortales que desconocen la existencia de Albert (y quizás exageró), ¿No? - Dijo, esperando una respuesta más que obvia.
- Vos sí que me conoces. - Dije, sin más que agregar y no dar una respuesta tan obvia.
-Puede ser, hace años que te conozco, pero realmente sólo hace uno, porque antes ni la hora me dabas. - Dijo mirándome con cierta angustia.
- Vos tampoco me hablabas, así que estamos a mano. -
- Capaz, pero vos me eras indiferente, hasta me negabas la mirada. - Dijo mirándome muy fijamente.
- Te ignoraba, porque me gustabas, en aquel entonces, y pensé que así lograría que ese sentimiento no pase a más. -
- ¿Funciono?-
- Que importa, total nada importa, o por lo menos demasiado poco. - Dije, sin saber que contestar.
Me miro con cierto enojo, como diciendo (seguramente lo pensó) maldito energúmeno mal parido. Me adelante, a lo que sea, que ella diría, diciendo:
- Pero dejemos de hablar de mí, y vos decimé, ¿Qué hace una chica tan linda como vos, una noche tan hermosa, tan especial, tan fraternal, sentada al lado del más miserable de los idiotas? - Dije, tratando de evitar lo inevitable.
- Yo estoy con quien quiero estar, nada más. Eso es suficiente para mí. -
- No entendí, pero bueno, vos también me caes bien. -
- Igual no creas que me olvide de la pregunta, dale contesta, maldito energúmeno mal parido. -
- Yo también te quiero, che, no hace falta que me ensalces tanto-
- A veces me pregunto, porque será que admiro a un tipo tan insensible y tan honesto como cobarde. -
- Y ¿Qué queres que te diga?, yo no pedí que me admires, me amistad vale poco como mi persona. -
- Para mí no es así, sos ordinariamente especia, único en todo caso. - Dijo mirándome con sus pequeños enormes ojos verdes que brillaban, más de lo que yo recordaba.
- Escuchate, ni vos crees lo que decís. -
- ¿Nunca te enamorarías de mí?-
Ella empezó a reírse inconteniblemente, tan contagiosamente, que hasta casi me reí, pero no. Entonces se levanto y comenzó a insultarme, me dijo de todo, menos que era bonito, desde idiota hasta homosexual. Me levante bruscamente, y, violentamente, le di un beso, que casi la tiro al piso.
Me empujó y me dijo:
- Sos un súper, archí, mega, híper, recontra pelotudo. Aún así te amo. -
- Lo dudo, lo nuestro es menos que platónico. Además eso tampoco importa. -
- ¡¿Qué carajo te importa entonces?!-
- ¿A mí?, todo y nada, mi pasado miserable, mi presente irregular y mi futuro impredecible. Esto, yo, esta veredita, esta noche, que te amo y que jamás me animare a decírtelo. -
- Por lo menos pensas que soy súper. -
Entonces empezamos a reír y reír, hasta casi llorar de la risa, sus ojos eran más brillantes, en este momento, y sus rulos salvajes eran perfectos.
Le extendí la mano, la invite a volver a sentar junto a mí. La abraze fuerte y nos quedamos así en silencio riendo de vez en cuando de modo, algo, idiota. En cuestión, era feliz, o quizás era el espíritu navideño o en realidad estaba enamorado o simplemente me volví un poco más humano; sea lo que fuera, aquella contemplación del amanecer fue la más hermosa que recuerdo, quizás hasta mas de lo que alguna vez soñé.
Y ahora sólo eso importaba, el presente, Angélica, yo, que la amaba aun sin saber lo era el amor, todo era perfecto y yo era feliz, ella era feliz, no necesitaba nada más.