Juan Palacios
Poeta recién llegado
Deseoso mi corazón, aquel otoño
Al pueblo me llevó. Trepadoras
Plantas en el tejado, voladoras
Y salvajes me saludaban, síntoma
De olvidado, de aroma de árbol oxidado.
Y aún así, en la plaza mayor
Se escuchaban los cantos juveniles,
Son sueños felices, relicarios primaverales,
Recuerdos fugaces condenados al formol.
Al hogar muy querido, aún de mi madre, llegué,
Y con ojos de chiquilla, contome
Lúcida, crónicas pasadas,
En una noche de jarabe alcoholado,
De olor a leña y de puro quemado.
Y al crepitar de las brasas,
De las arrugas las sombras
Vacilaban presurosas, nerviosas,
Sabiendo que de ellas algo se amasaba.
- Recuerdas aquel- decía-, el loco
Soñador, juglar alegre por las calles,
Despertando con ardor a las mentes vecinales.
- Y a ese otro, el sensato de atar.
En toda reunión, el primer sabiondón,
Pero poco observador, con su lengua
Ya se artaba.
- Pero de trabajar nunca artábase
El panadero, que levantándose cantaba,
Con el mismo arte que el pan amasaba.
Del pueblo, el era el más amado.
- Y por nombrarlo, el alcalde, el julandrón,
Conocido por el arte de ser un buen ladrón.
Don Amador de los Espejos era llamado.
-Madre- comenté- del pueblo a la ciudad
Fuí, y de la ciudad al pueblo he vuelto.
Y no encuentro diferencia alguna,
Entre el pan duro y el pan nuevo.
-Aquí estuvieron, y allí estan,
El pan duro, pan nuevo fué,
Y el pan nuevo, pan duro será,
El tiempo es el que manda en el juego
Del pasar, en cuanto a nosotros,
Arrieros somos, cabalgando por la mar.
Al pueblo me llevó. Trepadoras
Plantas en el tejado, voladoras
Y salvajes me saludaban, síntoma
De olvidado, de aroma de árbol oxidado.
Y aún así, en la plaza mayor
Se escuchaban los cantos juveniles,
Son sueños felices, relicarios primaverales,
Recuerdos fugaces condenados al formol.
Al hogar muy querido, aún de mi madre, llegué,
Y con ojos de chiquilla, contome
Lúcida, crónicas pasadas,
En una noche de jarabe alcoholado,
De olor a leña y de puro quemado.
Y al crepitar de las brasas,
De las arrugas las sombras
Vacilaban presurosas, nerviosas,
Sabiendo que de ellas algo se amasaba.
- Recuerdas aquel- decía-, el loco
Soñador, juglar alegre por las calles,
Despertando con ardor a las mentes vecinales.
- Y a ese otro, el sensato de atar.
En toda reunión, el primer sabiondón,
Pero poco observador, con su lengua
Ya se artaba.
- Pero de trabajar nunca artábase
El panadero, que levantándose cantaba,
Con el mismo arte que el pan amasaba.
Del pueblo, el era el más amado.
- Y por nombrarlo, el alcalde, el julandrón,
Conocido por el arte de ser un buen ladrón.
Don Amador de los Espejos era llamado.
-Madre- comenté- del pueblo a la ciudad
Fuí, y de la ciudad al pueblo he vuelto.
Y no encuentro diferencia alguna,
Entre el pan duro y el pan nuevo.
-Aquí estuvieron, y allí estan,
El pan duro, pan nuevo fué,
Y el pan nuevo, pan duro será,
El tiempo es el que manda en el juego
Del pasar, en cuanto a nosotros,
Arrieros somos, cabalgando por la mar.
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