Xuacu
Poeta que considera el portal su segunda casa
RECONCIMIENTO AL MISERERE.
La noche oscura abraza los paisajes
mordiendo a la vez los parajes,
que por el día parecen dones divinos
protegidos por Díos y serafines aniñados.
Se presiente la llegada y apresuradamente
se guardan los lugareños protegidos por sus casas,
se atrancan puertas y ventanas
ni siquiera alimentan al fuego
que tiene que resucitar de entre sus cenizas,
para seguir comiendo, durante toda una noche.
Se encojen los cuerpos y entre las sabanas
guardan sus miedos y la tiritera de sus dientes,
ya se escucha a lo lejos, el sonar de la campana
que se quedo viuda de sonidos
marcando sólo un ruido, que corta los cielos,
en los días y en las noches.
Al silencio lo interrumpe un trueno
y al trueno le acompaña el viento,
que en voz baja silba sin melodía
para no perturbar el sonido del trueno.
Se cree o de verdad se empieza a escuchar
El Miserere que anuncia la llegada,
de las animas, acompañadas por los seres
que habitan las entrañas de los terrores,
que se entierran bajo tierra, más allá,
de cuatro leguas del último de los enterrados.
In pecatis concepit me mater mea
Rezan los que no rezan y se acuerdan
que les han dicho, que si rezan
serán oídos y protegidos por arcángeles
que protegerán sus vidas con espadas de fuego,
que no serán juego para los muertos
ni fichas de ajedrez, podridas, para los diablos.
Se sigue escuchando, ya retumba
entre los cacharros recién fregados,
colgados en la alacena de una cocina
que huele a cena de guiso de hambre y pena.
Y salta el Apocalipsis en todo su esplendor
vestidos los jinetes, con armadura de huesos,
cubiertas por capas de azufre deshilachadas
que caen sobre sus huesudas monturas,
calzadas con herraduras de manos arrancadas,
que dejan huellas de sangre en las calzadas
que conducen a la oscuridad plena.
El amanecer no llega y la muerte campa a sus anchas
despoja a los ángeles de las cruces de las lapidas,
de sus alas blancas, se las regala a las gárgolas
y estas las muerden hasta que hacen polvo de ángel.
Auditui meo dabis gaudium et loetitiam: et
Exultabunt ossa humiliata
Así lo vio escrito Bécquer en un pliego del miserere
y yo lo creo, porque los muertos no descansan,
viven en desasosiego y se dejan ver y se esconden a su antojo,
porque ellos no son dueños, son siervos
de los amos que se guardan,
en lo más oculto de nuestros temores
y en el centro de la tierra que nadie conoce.
Ahora que lleva varios días os contare un secreto de este poema. Se puede leer desde la primera a la última estrofa y desde la última estrofa a la primera.
La noche oscura abraza los paisajes
mordiendo a la vez los parajes,
que por el día parecen dones divinos
protegidos por Díos y serafines aniñados.
Se presiente la llegada y apresuradamente
se guardan los lugareños protegidos por sus casas,
se atrancan puertas y ventanas
ni siquiera alimentan al fuego
que tiene que resucitar de entre sus cenizas,
para seguir comiendo, durante toda una noche.
Se encojen los cuerpos y entre las sabanas
guardan sus miedos y la tiritera de sus dientes,
ya se escucha a lo lejos, el sonar de la campana
que se quedo viuda de sonidos
marcando sólo un ruido, que corta los cielos,
en los días y en las noches.
Al silencio lo interrumpe un trueno
y al trueno le acompaña el viento,
que en voz baja silba sin melodía
para no perturbar el sonido del trueno.
Se cree o de verdad se empieza a escuchar
El Miserere que anuncia la llegada,
de las animas, acompañadas por los seres
que habitan las entrañas de los terrores,
que se entierran bajo tierra, más allá,
de cuatro leguas del último de los enterrados.
In pecatis concepit me mater mea
Rezan los que no rezan y se acuerdan
que les han dicho, que si rezan
serán oídos y protegidos por arcángeles
que protegerán sus vidas con espadas de fuego,
que no serán juego para los muertos
ni fichas de ajedrez, podridas, para los diablos.
Se sigue escuchando, ya retumba
entre los cacharros recién fregados,
colgados en la alacena de una cocina
que huele a cena de guiso de hambre y pena.
Y salta el Apocalipsis en todo su esplendor
vestidos los jinetes, con armadura de huesos,
cubiertas por capas de azufre deshilachadas
que caen sobre sus huesudas monturas,
calzadas con herraduras de manos arrancadas,
que dejan huellas de sangre en las calzadas
que conducen a la oscuridad plena.
El amanecer no llega y la muerte campa a sus anchas
despoja a los ángeles de las cruces de las lapidas,
de sus alas blancas, se las regala a las gárgolas
y estas las muerden hasta que hacen polvo de ángel.
Auditui meo dabis gaudium et loetitiam: et
Exultabunt ossa humiliata
Así lo vio escrito Bécquer en un pliego del miserere
y yo lo creo, porque los muertos no descansan,
viven en desasosiego y se dejan ver y se esconden a su antojo,
porque ellos no son dueños, son siervos
de los amos que se guardan,
en lo más oculto de nuestros temores
y en el centro de la tierra que nadie conoce.
Ahora que lleva varios días os contare un secreto de este poema. Se puede leer desde la primera a la última estrofa y desde la última estrofa a la primera.