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Ramón de las Marías

errante xilos

Poeta recién llegado
Reinos imaginarios, melodías;
rutina, frondosidad,
deliciosa memoria en el golpe,
señales y la trinidad diaria.

La bruma se encarga de sosegar la duda,
la neblina nos engaña y acaricia zalamera
para cambiar de tema,
para no disfrutar de las sombras y la mentira;
su humedad nutre la ilusión,
y el escenario es un regalo gris...

Un reloj marca algunas horas,
pero no hay registros de ese viaje...

Esos pasos que sujetan el ritmo de la vida
atentan en contra de la memoria, esa madre muda,
que soporta el peso de la locura y la inanición espiritual.

Caminan los deudos de la verdad,
oscilan entre manchas y claridad,
reúnen sus pocos segundos en un tiempo sin teorías,
caminan,
mirando las estrellas disiparse en un cielo que luce real,
pero que siempre fue falso,
y que ahora no engaña a nadie.
Ya no hay espacio para la ingenuidad,
el cinismo se apretuja en toda la atmósfera,
merma la llama de la vida,
y no queda más que un poco de esperanza en un tarro oxidado...

Lo profano es un cerco,
la hidalguía se concentra en un universo paradójico,
la tierra es un escenario mórbidamente feraz,
No nos pertenecemos,
ni siquiera en los nombres.

Somos el casco metódico de un experimento escatológico,
se ha manufacturado el apocalipsis,
y se vende bien.

La miel de la culpa hace que la luz del sol
no bañe la muralla de la ciudad divina,
y las ruinas del hombre, del templo,
la vida misma;
no fueron levantadas al tercer día,
ni siquiera al tercer mes,
se tuvo que esperar un año y dos mese más,
para sentir y escuchar la voz sin quejidos,
para salir del sepulcro,
para convertir la noche larga,
en mañana sin espectro...
 
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