Quizá la tarde.
Quizá la pena.
Tal vez el rostro.
Tal vez la carne.
Propia condena,
la que describe
y sobrevive,
a contrapelo
bajo los días,
de las miradas
que están cruzadas,
como señales
incorregibles,
en los caminos
que nos deparan
los vendavales
de la cordura.
Las inclemencias
de las nociones
desapegadas
de los altares.
Tal vez las manos.
Quizás el viento.
O la montaña.
Quizá el diluvio
de otra tristeza
acontecida
en los arrabales
bajo la tinta
de tantos años,
descoloridos
por los puñales
de la miseria
organizada.
Desalineadas
van las certezas.
Sin rumbo fijo
en los arenales...
Quizá la pena.
Tal vez el rostro.
Tal vez la carne.
Propia condena,
la que describe
y sobrevive,
a contrapelo
bajo los días,
de las miradas
que están cruzadas,
como señales
incorregibles,
en los caminos
que nos deparan
los vendavales
de la cordura.
Las inclemencias
de las nociones
desapegadas
de los altares.
Tal vez las manos.
Quizás el viento.
O la montaña.
Quizá el diluvio
de otra tristeza
acontecida
en los arrabales
bajo la tinta
de tantos años,
descoloridos
por los puñales
de la miseria
organizada.
Desalineadas
van las certezas.
Sin rumbo fijo
en los arenales...
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