Roberto Elenes
Poeta recién llegado
Por fin el tiempo reposa en la quietud del atardecer;
tras un último aleteo,
las aves susurran de vez en cuando sus esporádicos cantos
que imperceptibles se adhieren al silencio
de la naturaleza;
los árboles simplemente descargan su peso
en la tierra cuando en sus hojas
reposa el cansado viento;
y desde de mi aposento veo como el día
se pierde con majestuosa pesadumbre,
brindando en su agonía hermosísimos destellos,
en tanto nubes grises forman una amplia escalinata
para que baje silenciosa la noche;
allá se escucha hueco el ladrido del perro,
y su eco no hace eco en otros perros,
mejor calla y se echa para escrutar
con el rabillo del ojo el cielo;
en el caserío un gallo desvelado canta,
anunciando la madrugada del día venidero,
mientras bajo el guamúchil las gallinas
con sus alas cobijan a los polluelos;
en el potrero, están la yunta y el arado echados
bajo la guácima;
la lluvia empieza a caer como tenue rocío,
un hombre de prisa arrea a unas escuálidas vacas,
coge terrones y luego se los lanza,
el Sol regala una última sonrisa —tan encendida— que luego se apaga.
tras un último aleteo,
las aves susurran de vez en cuando sus esporádicos cantos
que imperceptibles se adhieren al silencio
de la naturaleza;
los árboles simplemente descargan su peso
en la tierra cuando en sus hojas
reposa el cansado viento;
y desde de mi aposento veo como el día
se pierde con majestuosa pesadumbre,
brindando en su agonía hermosísimos destellos,
en tanto nubes grises forman una amplia escalinata
para que baje silenciosa la noche;
allá se escucha hueco el ladrido del perro,
y su eco no hace eco en otros perros,
mejor calla y se echa para escrutar
con el rabillo del ojo el cielo;
en el caserío un gallo desvelado canta,
anunciando la madrugada del día venidero,
mientras bajo el guamúchil las gallinas
con sus alas cobijan a los polluelos;
en el potrero, están la yunta y el arado echados
bajo la guácima;
la lluvia empieza a caer como tenue rocío,
un hombre de prisa arrea a unas escuálidas vacas,
coge terrones y luego se los lanza,
el Sol regala una última sonrisa —tan encendida— que luego se apaga.