Almizcle para los pies. Estoraque para el pálido pecho fornido. Azufre para la frente afiebrada. Así, resucitará en vida. Así, abrirá el cuarto ojo de la dimensión paralela al puntilloso mundo terreno. Cuando es purificado, los ángeles y demonios se postraran a sus pies. Y le bendeciran con letanías de canto fúnebre. Para pasar al umbral eterno de la votiva asamblea de los diez arcontes duales. Así, será inmortalizado entre sahumerios de techumbre altiva. El pinar será la apoteosis final de un banquete de sátiros paganos. Donde él, el purificado, cantará sombras sonoras de eterno dolor cósmico. Allí será quemado vivo. En un talar de madera. Donde el ciprés de la concordia dará el olor suave de la mortandad. Apareada con el sufrimiento del despertar canoro de Dionisos. Elevado al fragoroso cielo nocturno del cosmos irreducto e insoluble.