Cecilya
Cecy
Para mis amigos valiosos, Luis y Lord H que siempre están y entienden de qué hablo.
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Se oye el ronroneo del mar de abril, frente a la espesa arboleda de ejemplares diversos. El bosque está alfombrado con las hojas resecas de los eucaliptos añosos, que bajo los pasos crujen produciendo un gemido de ritmo constante.
Subyace en la fresca mañana de otoño, la promesa de un verano que tardará en volver.
El entorno se hace mi cómplice de aromas puros, y de vez en cuando, una ráfaga de viento salino que me despeina y no me importa, entona un canto ritual que parece convocar al sol para que se manifieste entre las nubes de ceniza.
Esas nubes que ensombrecen el cielo, se abren en pequeñas pupilas claras de duración fugaz. En esos instantes, efectos tenues de luz, acarician con rayos diagonales los brazos danzantes de los árboles del vivero.
Por el camino, mitad tierra, mitad arena ocre, voy como abstraída, medio tarareando una canción alegre que siempre me gustó.
Me hablan, por supuesto, pero no escucho bien; apenas me llega un murmullo sin lenguaje que se mezcla con la voz del viento y el compás de las olas de la playa desierta.
Me hablan, claro que sí, pero como de costumbre no presto demasiada atención; solo quiero sentarme sobre el lecho uniforme de hojarasca perfumada a escribir en mi cuaderno, aunque si lo pienso bien, sí estoy enhebrando letras en el universo paralelo de mi mente impregnada de los sonidos del sábado.
De todas formas, ante la insistencia respondo, aunque no sé qué digo exactamente, más bien sonrío y se resignan de nuevo a mis conocidos viajes de inspiración.
Es una jornada apacible, de descanso y freno, de familia y amigos, de pensamientos suaves, de olor a carne asada, de mate dulce y pan casero con queso de campo y mermelada artesanal.
Pero el alma poética que me habita no tiene pausas, no le pertenece la capacidad de transitar solamente sobre la superficie de las cosas; siempre acarrea su propio mundo, su atmósfera privada de momentos.
Y después escribe porque quiere, porque siente, porque ama el acto. Escribe como puede, lo que puede, aquello sagrado que emana y deriva en realidades y ficciones.
No logra desprenderse del embrujo de la vocación que tiene potestad sobre las ánimas de los vientos y los árboles del bosque, sobre los espíritus de las olas y la arena, esa fuerza incontenible que induce las manifestaciones del sol, o del amor que viste uno y mil disfraces.
Cuestión de energías, de magia…
Sí, pura magia en la que creo y que comparto con quienes se atreven a sentirla de la misma manera.
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