Lekiam
Poeta recién llegado
Un sol oscuro busco en esta noche,
busco oscuro sol para mis flores cansadas.
Para entrar en mi corazón,
busco una luz tenue
que no asuste a los monstruos que viven dentro.
Debo hablar con ellos.
No negociar,
sí cantar.
Quizás me escuchen,
quizás me entiendan,
ojalá los comprenda.
Entro para hablarles del mundo fuera de mí:
de los libros que conocí,
las veces que he dicho te quiero,
las tardes que jugué,
de la lluvia y los girasoles,
de mi padre, que ya no está,
del olvido y la sal,
gorriones y mirlos.
Ellos lo saben,
pero se lo callan
—por sus sucios ojos—.
Me han hecho llorar mil veces,
hasta cerrar libros
y abandonar algún camino,
y, aunque rara vez,
hasta me abandoné,
claudiqué en los asuntos
que fingí no me importaban.
Hoy llevo entre mis manos y mi voz…
les traigo amor y canciones.
Los pobres viven asustados.
Desde que les hablé del eterno retorno,
vieron el fuego en mis ojos
y se supieron derrotados.
Aprovechan que habitan mi corazón
para rasgar las paredes
y darme dolor…
Ciegos,
no saben que, entre la densa oscuridad de mi corazón
—muy cerquita de ellos—,
habitan flores negras
y flores de memoria,
que no ven por miedo al sol,
que el mundo no saben rozar;
atravesado por ríos,
leyendas,
cuentos verdes y mentiras,
y otras cosas sin corazón
que edifican mi corazón.
Quizás, cuando muera
—si llego a no vivir algún día—,
habite la luz oscura en mi corazón
y vean que el amor creció.
Eran las flores que cuidé,
y ellos se vean, después de tanto tiempo,
como ratones de noche
y llenos de frío,
que temen el vuelo del búho,
hambriento de tinieblas
y amargas soledades,
que cuida mi corazón,
que un día abandonará
mi corazón yerto.
busco oscuro sol para mis flores cansadas.
Para entrar en mi corazón,
busco una luz tenue
que no asuste a los monstruos que viven dentro.
Debo hablar con ellos.
No negociar,
sí cantar.
Quizás me escuchen,
quizás me entiendan,
ojalá los comprenda.
Entro para hablarles del mundo fuera de mí:
de los libros que conocí,
las veces que he dicho te quiero,
las tardes que jugué,
de la lluvia y los girasoles,
de mi padre, que ya no está,
del olvido y la sal,
gorriones y mirlos.
Ellos lo saben,
pero se lo callan
—por sus sucios ojos—.
Me han hecho llorar mil veces,
hasta cerrar libros
y abandonar algún camino,
y, aunque rara vez,
hasta me abandoné,
claudiqué en los asuntos
que fingí no me importaban.
Hoy llevo entre mis manos y mi voz…
les traigo amor y canciones.
Los pobres viven asustados.
Desde que les hablé del eterno retorno,
vieron el fuego en mis ojos
y se supieron derrotados.
Aprovechan que habitan mi corazón
para rasgar las paredes
y darme dolor…
Ciegos,
no saben que, entre la densa oscuridad de mi corazón
—muy cerquita de ellos—,
habitan flores negras
y flores de memoria,
que no ven por miedo al sol,
que el mundo no saben rozar;
atravesado por ríos,
leyendas,
cuentos verdes y mentiras,
y otras cosas sin corazón
que edifican mi corazón.
Quizás, cuando muera
—si llego a no vivir algún día—,
habite la luz oscura en mi corazón
y vean que el amor creció.
Eran las flores que cuidé,
y ellos se vean, después de tanto tiempo,
como ratones de noche
y llenos de frío,
que temen el vuelo del búho,
hambriento de tinieblas
y amargas soledades,
que cuida mi corazón,
que un día abandonará
mi corazón yerto.