danie
solo un pensamiento...
Sartas, rosarios, polvo de un escenario
que se rige por el rito de la muerte y su candelario.
En mis oscuras e íntimas profundidades,
que lograron alcanzar el cenit de sus sombras,
florecen de las cenizas las flores
cortadas por las manos tiesas,
las que fueron una vez cálidas manos,
pero con la llegada del invierno
el cual jamás se fue,
se entumecieron sin los amparos de las nanas
y sus delicados y piadosos arrumacos;
las mismas que desde esos días
juntaron mustios claveles
para los niños huérfanos de mi pecho,
para el ángel protector que culminó su suerte
con el último descanso del alba en mi lecho.
¡Ay! Hasta allá, a lo lejos, veo
desfilar cadáveres dentro de macizas bóvedas
que guardan como preciados tesoros
mis nostalgias y sierpes,
mis rencores más tremulantes
con su sangre convulsionada y envilecida
por la mortaja de una marejada
que arrasó mis ciudades enteras.
Así mi corazón se volvió
un gigantesco castillo de arena,
que alberga atroces espectros
completamente vacíos de sentimientos,
al cual hoy los días y los desvelos lo dejan morir
en las costas náufragas del tiempo.
¡Ay! ¿Por qué estos peregrinos del dolor
no encallan dentro de otras vidas
y dejan a esta procesión de fiebres
marchar solitarias y tranquilas
entre las infinitas cicatrices que serpean
en los médanos y dunas de este cuerpo
ya desierto y baldío?
que se rige por el rito de la muerte y su candelario.
En mis oscuras e íntimas profundidades,
que lograron alcanzar el cenit de sus sombras,
florecen de las cenizas las flores
cortadas por las manos tiesas,
las que fueron una vez cálidas manos,
pero con la llegada del invierno
el cual jamás se fue,
se entumecieron sin los amparos de las nanas
y sus delicados y piadosos arrumacos;
las mismas que desde esos días
juntaron mustios claveles
para los niños huérfanos de mi pecho,
para el ángel protector que culminó su suerte
con el último descanso del alba en mi lecho.
¡Ay! Hasta allá, a lo lejos, veo
desfilar cadáveres dentro de macizas bóvedas
que guardan como preciados tesoros
mis nostalgias y sierpes,
mis rencores más tremulantes
con su sangre convulsionada y envilecida
por la mortaja de una marejada
que arrasó mis ciudades enteras.
Así mi corazón se volvió
un gigantesco castillo de arena,
que alberga atroces espectros
completamente vacíos de sentimientos,
al cual hoy los días y los desvelos lo dejan morir
en las costas náufragas del tiempo.
¡Ay! ¿Por qué estos peregrinos del dolor
no encallan dentro de otras vidas
y dejan a esta procesión de fiebres
marchar solitarias y tranquilas
entre las infinitas cicatrices que serpean
en los médanos y dunas de este cuerpo
ya desierto y baldío?