Me encontraba en una noche de estudio. Una noche cualquiera de las de aquella época. La lluvia resbalaba por los cristales de la ventana que tenía en frente. En soledad repasaba cada apunte, cada letra, cada paso.
Solo el rumor de unos ojos extraños me sacó de mi concentración. Y al mirar hacia la ventana apareció, al otro lado, una mujer que no conocía ni había visto en mi vida.
Sus ojos, con los que no me miraba, eran dos profundos y secos pozos. Sin rastro de inquietud. Su rostro parecía atraer hacia sí todo el abatimiento del universo. Parecía agotada, impasible, desesperanzada. Retrato de lo yermo, del vacío de lo gris.Era el rostro de una mujer domesticada, resignada, encapsulada, desanimada, inducida, cautiva, predestinada a ser de plástico y tremendamente sola.
De esa soledad que te deja los huesos fríos, de esa que ni siquiera se siente porque no se comparte. No se airea. Se la queda una para sí y se va haciendo tan inmensa que te llena de nada.
Se había quedado allí, frente a mí, sin el menor gesto de extrañeza, quieta, ensimismada. Como si no le importara mi presencia, como si no fuera consciente de la invasión que ocasionaba.
Solo cuando mi indiferencia ante aquella vida marchita me sacudió un segundo el alma fui consciente de mi propio reflejo.
Solo el rumor de unos ojos extraños me sacó de mi concentración. Y al mirar hacia la ventana apareció, al otro lado, una mujer que no conocía ni había visto en mi vida.
Sus ojos, con los que no me miraba, eran dos profundos y secos pozos. Sin rastro de inquietud. Su rostro parecía atraer hacia sí todo el abatimiento del universo. Parecía agotada, impasible, desesperanzada. Retrato de lo yermo, del vacío de lo gris.Era el rostro de una mujer domesticada, resignada, encapsulada, desanimada, inducida, cautiva, predestinada a ser de plástico y tremendamente sola.
De esa soledad que te deja los huesos fríos, de esa que ni siquiera se siente porque no se comparte. No se airea. Se la queda una para sí y se va haciendo tan inmensa que te llena de nada.
Se había quedado allí, frente a mí, sin el menor gesto de extrañeza, quieta, ensimismada. Como si no le importara mi presencia, como si no fuera consciente de la invasión que ocasionaba.
Solo cuando mi indiferencia ante aquella vida marchita me sacudió un segundo el alma fui consciente de mi propio reflejo.