AUGUSTO SILVA ACEVEDO
Poeta veterano en MP
PREGUNTAS DEL TIEMPO.
Mis sienes; igual que este estado de
un otoño dorado, iluso, y colmado,
siempre de esperanzas, han visto como
los sauces han donado hojas al viento.
Caminé por primera vez, sendas azules,
y los abedules, ya eran abedules cuando,
cambiaba mis cortos pantalones, por
corbatas de seda y guantes oscuros que
cubrían el frío de mis dedos solitarios…
En una rehendija ingreso el sol temprano,
y habló conmigo de sus temores cuando
era otoño, dijo que nunca quiso que las
hojas abandonaran sus árboles y que
tampoco deseaba disecarlas en el tiempo.
Sonrío por verme triste y se fue, para
alumbrar al resto del universo; vi el espejo
y no pude reconocer al que aparecía allí
como en una foto y pensé en los niños,
que desde ayer sorbían su propio talento.
La luna arrulló mis sentimientos y el arroyo,
albergaba mi numen en su deambular lento,
transmutando rocas sólidas, como si el
agua fuera cincel y tuviera todo el tiempo
para transfigurar la historia completa, mi
propia leyenda, que estaba olvidada encima
de un anaquel herrumbrado y sin nombre.
Fue entonces cuando quise saber qué hacía
el viento con las hojas que le donaban todos
esos árboles milenarios del tiempo y la vida…
augus
Mis sienes; igual que este estado de
un otoño dorado, iluso, y colmado,
siempre de esperanzas, han visto como
los sauces han donado hojas al viento.
Caminé por primera vez, sendas azules,
y los abedules, ya eran abedules cuando,
cambiaba mis cortos pantalones, por
corbatas de seda y guantes oscuros que
cubrían el frío de mis dedos solitarios…
En una rehendija ingreso el sol temprano,
y habló conmigo de sus temores cuando
era otoño, dijo que nunca quiso que las
hojas abandonaran sus árboles y que
tampoco deseaba disecarlas en el tiempo.
Sonrío por verme triste y se fue, para
alumbrar al resto del universo; vi el espejo
y no pude reconocer al que aparecía allí
como en una foto y pensé en los niños,
que desde ayer sorbían su propio talento.
La luna arrulló mis sentimientos y el arroyo,
albergaba mi numen en su deambular lento,
transmutando rocas sólidas, como si el
agua fuera cincel y tuviera todo el tiempo
para transfigurar la historia completa, mi
propia leyenda, que estaba olvidada encima
de un anaquel herrumbrado y sin nombre.
Fue entonces cuando quise saber qué hacía
el viento con las hojas que le donaban todos
esos árboles milenarios del tiempo y la vida…
augus