[center:a67a8b23bb]No me pidas que te escriba un poema
de penas bañadas en zumo de rima.
No sale ya mi sol por tu lejano oriente
pendiente de que la luna se resbale
por las angostas y huidizas avenidas
escondidas de los mares de tu costa.
Si tallara estos versos en la madera,
heredera de tantos sueños, en la sabana
de adolescentes que aprender a llorar
por adorar antorchas que nunca prenden,
me dirías que no te gusta la naturaleza,
que no adereza con su verdor tu fantasía
de enojos a la sombra de aquel viento,
del tormento constante de tus bellos ojos,
de suspiros sin control por tu exceso
de besos en las noches de San Cupido.
Perdona que ya no me disculpe, culpable
y sancionable del pecado que se escora
a la izquierda de tu altivo altar mayor;
es mejor que suelte de una vez las riendas,
burdas guías de esta cuadriga de tres multitudes,
ataúdes que brillan a la luz de tus burlas.
Final voy poniendo a este amasijo de versos
poco tersos que desembocan en el vial
de los trenes que nos alejaron tantas veces,
como peces en un océano de sabias sienes
que aconsejan no seguir al amor prohibido,
dolido de penas fúnebres que lo enajenan.
Sin duda se acaba este poema destartalado,
cobijado bajo una sombra que no se cura.
Hasta aquí llega y se para mi deslucida elegía,
todavía sin saber a quién dirige su querella.[/center:a67a8b23bb]
de penas bañadas en zumo de rima.
No sale ya mi sol por tu lejano oriente
pendiente de que la luna se resbale
por las angostas y huidizas avenidas
escondidas de los mares de tu costa.
Si tallara estos versos en la madera,
heredera de tantos sueños, en la sabana
de adolescentes que aprender a llorar
por adorar antorchas que nunca prenden,
me dirías que no te gusta la naturaleza,
que no adereza con su verdor tu fantasía
de enojos a la sombra de aquel viento,
del tormento constante de tus bellos ojos,
de suspiros sin control por tu exceso
de besos en las noches de San Cupido.
Perdona que ya no me disculpe, culpable
y sancionable del pecado que se escora
a la izquierda de tu altivo altar mayor;
es mejor que suelte de una vez las riendas,
burdas guías de esta cuadriga de tres multitudes,
ataúdes que brillan a la luz de tus burlas.
Final voy poniendo a este amasijo de versos
poco tersos que desembocan en el vial
de los trenes que nos alejaron tantas veces,
como peces en un océano de sabias sienes
que aconsejan no seguir al amor prohibido,
dolido de penas fúnebres que lo enajenan.
Sin duda se acaba este poema destartalado,
cobijado bajo una sombra que no se cura.
Hasta aquí llega y se para mi deslucida elegía,
todavía sin saber a quién dirige su querella.[/center:a67a8b23bb]