Autor: ALMACAUTIVA
La tormentosa dulzura de un lamentar entregado
Tierno marino ha zarpado.
Ella lo entrega a la mar
con terror esperanzado.
¡Qué traicionera es la sal
que abandonando el hogar
no te permite el regreso!
Domingo, rayos de espuma.
Lunes, azotan los truenos
la tormentosa dulzura
de un esperar entregado.
¿Por qué su niño es reflejo
de relámpagos de pena
que se estrellan en su pelo?
¡No me quitéis - llora ella -
al que nació de mis venas!
que yo rezaré rosarios
de madera y de agonías
- les suplica - No hagáis daño
a aquel que lleva mi vida
prendida de sus zapatos.
Martes de atroces bramidos.
Los fantasmas en las playas
huyen de un viento que clama
que el mar se los ha bebido
¡quién abrazará a su niño...!
¡cómo le duele el recuerdo!
Dobladas en su pañuelo
recoge lágrimas tales
que calmen los temporales
y traigan el barco a puerto.
¡Lágrimas, velad su viaje!
Servidle de centinelas
y contra el cruel oleaje,
construid cunas de estrellas
y arropadle con las velas.
Qué desazón en el alma
de aquella que sin consuelo
delira con las desgracias
del hijo que partió en vuelo.
Qué dolor, el de una madre.
La tormentosa dulzura de un lamentar entregado
Tierno marino ha zarpado.
Ella lo entrega a la mar
con terror esperanzado.
¡Qué traicionera es la sal
que abandonando el hogar
no te permite el regreso!
Domingo, rayos de espuma.
Lunes, azotan los truenos
la tormentosa dulzura
de un esperar entregado.
¿Por qué su niño es reflejo
de relámpagos de pena
que se estrellan en su pelo?
¡No me quitéis - llora ella -
al que nació de mis venas!
que yo rezaré rosarios
de madera y de agonías
- les suplica - No hagáis daño
a aquel que lleva mi vida
prendida de sus zapatos.
Martes de atroces bramidos.
Los fantasmas en las playas
huyen de un viento que clama
que el mar se los ha bebido
¡quién abrazará a su niño...!
¡cómo le duele el recuerdo!
Dobladas en su pañuelo
recoge lágrimas tales
que calmen los temporales
y traigan el barco a puerto.
¡Lágrimas, velad su viaje!
Servidle de centinelas
y contra el cruel oleaje,
construid cunas de estrellas
y arropadle con las velas.
Qué desazón en el alma
de aquella que sin consuelo
delira con las desgracias
del hijo que partió en vuelo.
Qué dolor, el de una madre.