danie
solo un pensamiento...
En el frío ataúd del olvido
mi pluma descansará en su réquiem eterno,
¡oh, mente inerte que ejecuta en los patíbulos a los sueños!,
¡oh, quimeras de un albur que solo fueron sueños incompletos!;
delirios e imperfectas utopías sobre los pedazos de papel,
vestigios de una vida decadente
ante los gritos de la estirpe y su culto ateísmo:
¡para qué garabateas esos textos que jamás serán advertidos!
¿Para qué?, solo pierdes tu tiempo…
Protesta el libre albedrío de los grandes eruditos.
Yo respondo: pues ya no escriben más los muertos…
Sombras de una satírica crítica
que espía a los temblorosos lémures errantes,
atados al asta que sujeta el cielo dilapidado en el mundano
cemento de la realidad y su razón.
Mi pluma descansa ya sin tinta
ante las palabras agonizantes por los venablos
de la tertulia instruida en la célebre iconografía;
solo es literatura extinta…
Pero con las últimas gotas de mi sangre
escribo el obituario de un sueño consumido en su pesadilla,
ante las sardónicas sonrisas que manan con su tesis,
ante las lanzas incrustadas en el meollo
del oscuro intelecto;
escribo con pasión sobre los postremos
rastros que dejo ese cuerpo,
para que se deleite el memorándum del olvido
con estos infelices anhelos.
Es que escribo y siempre escribí
para la sociedad de los poetas muertos,
también para los poetas malditos
y su gélida respiración desde el averno.
Escribo y alimento mi terror
con el ojo buido de un bicéfalo opresor,
un ardiente déspota que somete al pululante
perímetro de la nefasta vidorria y su hipócrita complacencia.
mi pluma descansará en su réquiem eterno,
¡oh, mente inerte que ejecuta en los patíbulos a los sueños!,
¡oh, quimeras de un albur que solo fueron sueños incompletos!;
delirios e imperfectas utopías sobre los pedazos de papel,
vestigios de una vida decadente
ante los gritos de la estirpe y su culto ateísmo:
¡para qué garabateas esos textos que jamás serán advertidos!
¿Para qué?, solo pierdes tu tiempo…
Protesta el libre albedrío de los grandes eruditos.
Yo respondo: pues ya no escriben más los muertos…
Sombras de una satírica crítica
que espía a los temblorosos lémures errantes,
atados al asta que sujeta el cielo dilapidado en el mundano
cemento de la realidad y su razón.
Mi pluma descansa ya sin tinta
ante las palabras agonizantes por los venablos
de la tertulia instruida en la célebre iconografía;
solo es literatura extinta…
Pero con las últimas gotas de mi sangre
escribo el obituario de un sueño consumido en su pesadilla,
ante las sardónicas sonrisas que manan con su tesis,
ante las lanzas incrustadas en el meollo
del oscuro intelecto;
escribo con pasión sobre los postremos
rastros que dejo ese cuerpo,
para que se deleite el memorándum del olvido
con estos infelices anhelos.
Es que escribo y siempre escribí
para la sociedad de los poetas muertos,
también para los poetas malditos
y su gélida respiración desde el averno.
Escribo y alimento mi terror
con el ojo buido de un bicéfalo opresor,
un ardiente déspota que somete al pululante
perímetro de la nefasta vidorria y su hipócrita complacencia.
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