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Plegaria

Enrique Romero

Poeta recién llegado
Aliméntame de agua,
corteza y pájaros.
Déjame menguar en
el fútil delirio
de mis grandezas.
Junto al mar ser,
en los montes desvanecer
cual céfiro perdido
que siguió a un astro cualquiera.
Déjame alimentar
de los junios gualdos,
reposa mi frente de plata
en las estrellas
que florecen en la telaraña.
En los oscuros besos
de la noche,
déjame enamorar
de los insondables deseos
que nacen de las nubes,
en brocales abandonados.
Déjame la hora y el día,
insensible por tu retrato
y el canto de arena
que resuella por la memoria.
Los ñandús sin estero,
el torpe trazo del crepúsculo,
la sombra y el latido
déjame en las manos del río
para comulgar mi pena
entre juncos y olivos.
Las duros rayos que me unen,
los cantaros fragantes de niebla,
la letra que silente jadea
las líneas que mi razón no aguanta.
Déjame el taciturno licor de la amapola,
la sombra de una fragancia espesa
para amanecer desnudo y aullante,
para desaparecer entre fangos y alquitranes.
Contenga mi rabia ciega
el furor desencadenado
de un abril rojo por el anhelo,
renueva mi corazón arraigado
en los intricados lazos del sueño.
Renueva mi vida en tu vientre,
forjado en el estruendo,
deshaz mi mente inquieta,
esparce los caminos,
destruye las estatuas, renueva los nimbos.
Dejadme sollozar solo hoy mi pena,
que mañana seré como un astro altivo,
pero hoy soy animal y cometa,
arrebolar de días infinitos.
Oh! Aliméntame de luz,
de cicatriz y espuma,
amamántame con tu voz eterna,
enséñame los claros donde la vida empieza,
donde alhelíes y efímeras rosas
tejen el vapor de las cosas,
donde la luna invisible rezumó la leche
de sus cráteres amarillos
para que basaltos ardientes
deambulen la noche,
renueva en mi pupila
el fragor del sol naufrago
la sangre inquieta,
el salvaje lirio.
 
Aliméntame de agua,
corteza y pájaros.
Déjame menguar en
el fútil delirio
de mis grandezas.
Junto al mar ser,
en los montes desvanecer
cual céfiro perdido
que siguió a un astro cualquiera.
Déjame alimentar
de los junios gualdos,
reposa mi frente de plata
en las estrellas
que florecen en la telaraña.
En los oscuros besos
de la noche,
déjame enamorar
de los insondables deseos
que nacen de las nubes,
en brocales abandonados.
Déjame la hora y el día,
insensible por tu retrato
y el canto de arena
que resuella por la memoria.
Los ñandús sin estero,
el torpe trazo del crepúsculo,
la sombra y el latido
déjame en las manos del río
para comulgar mi pena
entre juncos y olivos.
Las duros rayos que me unen,
los cantaros fragantes de niebla,
la letra que silente jadea
las líneas que mi razón no aguanta.
Déjame el taciturno licor de la amapola,
la sombra de una fragancia espesa
para amanecer desnudo y aullante,
para desaparecer entre fangos y alquitranes.
Contenga mi rabia ciega
el furor desencadenado
de un abril rojo por el anhelo,
renueva mi corazón arraigado
en los intricados lazos del sueño.
Renueva mi vida en tu vientre,
forjado en el estruendo,
deshaz mi mente inquieta,
esparce los caminos,
destruye las estatuas, renueva los nimbos.
Dejadme sollozar solo hoy mi pena,
que mañana seré como un astro altivo,
pero hoy soy animal y cometa,
arrebolar de días infinitos.
Oh! Aliméntame de luz,
de cicatriz y espuma,
amamántame con tu voz eterna,
enséñame los claros donde la vida empieza,
donde alhelíes y efímeras rosas
tejen el vapor de las cosas,
donde la luna invisible rezumó la leche
de sus cráteres amarillos
para que basaltos ardientes
deambulen la noche,
renueva en mi pupila
el fragor del sol naufrago
la sangre inquieta,
el salvaje lirio.
Quererse alimentar de los detalles y formas consecuentes que
configuran una necesidad de luz entre el sumergido tiempo de
una necesidad interior. me gusto. saludos de luzyabsenta
 
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