scarlata
Poeta veterano en el portal.
Han pasado más de tres mes desde la última vez que hicieron el amor. Ninguno de los dos lo nombra. Aparentan un desinterés que se aleja de la verdad, al menos de la verdad a medias en la que, de momento, han decidido habitar.
Eva ha dejado de pensar en ello. Enrique no.
El acecha la señal de permiso que le permita reencontrase de nuevo con el universo de su boca.Un beso, tal vez el roce disimulado de su pecho...
¿Vuelan las golondrinas? ¿Hacia dónde van?
Aquel viaje sólo obedece al deseo de recuperar el rompecabezas estático de su cuerpo. Eva lo sabe, por eso, al principio, se negó, argumentando cansancio, con la misma voz débil que utiliza para fabricar mentiras.
Más tarde inventó pretextos climatológicos. Era febrero, hacía mal tiempo, y a Eva le entristece la lluvia en las ciudades que no conoce. Pero al final no le quedó más remedio que aceptar. Enrique no se merece una negativa.
Haré el equipaje, - se repitió una y otra vez a lo largo de la semana-, subiré al coche y no permitiré que ningún pájaro negro enturbie el viaje.
Y quiso creer, como tantas otras veces, que un simple ejercicio de voluntad, la ayudaría a ahuyentar las sombras.
Emprendieron el viaje por la mañana muy temprano. Enrique no hizo intención de sentarse al volante. Se acomodo, sin decir nada, en el asiento del copiloto. Eva, que adora conducir, acaricia un primer impulso parecido a la alegría, una alegría breve y concisa, casi gris, porque, en el fondo, no puede olvidar que ese gesto, inusual, sólo ayuda a confirmar sus sospechas.
Este viaje sólo es una trampa.
¿Qué pretende recuperar? ¿Tal vez sus recuerdos?.
En ese momento el primer pájaro negro sobrevuela el vehículo proyectando su silueta triste e inevitable sobre ellos.
Y Eva presiente que va a hacer falta mucha música para acabar con todos los pájaros que los amenazarán en el futuro.
Ni siquiera está segura de poder ahuyentar el primero.
Durante los tres primeros años no hubo sombras, pero quién se acuerda de eso.
Conduce casi en silencio los primeros cincuenta kilómetros. A su lado, Enrique tampoco hace nada por iniciar una verdadera conversación. Pronuncian algunas frases sobre el tráfico, el estado de la carretera, las probabilidades de lluvia...
El dedo de él desecha, una tras otra, las emisoras con las que consigue conectar. Y Eva se pregunta, con cierta malicia, qué va a ser de él durante una larga semana, sin el mando del televisor.
Tal vez intentar convertirse en otro, o intentar convertirla en otra a ella.
O quizás, abandonarse y dejar que la evidencia estalle al fin.
Dejar que el gran pájaro negro haga acto de presencia y devore a los pájaros pequeños, esos que van y vienen desde hace tiempo.
O tal vez no ocurra nada y no sabe si eso sería lo peor.
Ya no sabe nada.
Sólo que cuando el amor se ha roto no hay pespunte capaz de remendarlo. Ni viaje capaz de convertir el pasado en presente.
Los pájaros seguirán sobrevolándolos hasta el instante en que uno de los dos pronuncie esas palabras que merodean en sus silencios.
Y sin saber cómo comienza a hablar.
Esto es absurdo - se oye decir en voz alta-. Este viaje a ninguna parte no va a solucionar lo irremediable.
Y el pájaro único, el más grande y negro, empequeñece, asustado por la verdad.
Ya no hay futuro para ellos.
Mejor reconocerlo.
Eva ha dejado de pensar en ello. Enrique no.
El acecha la señal de permiso que le permita reencontrase de nuevo con el universo de su boca.Un beso, tal vez el roce disimulado de su pecho...
¿Vuelan las golondrinas? ¿Hacia dónde van?
Aquel viaje sólo obedece al deseo de recuperar el rompecabezas estático de su cuerpo. Eva lo sabe, por eso, al principio, se negó, argumentando cansancio, con la misma voz débil que utiliza para fabricar mentiras.
Más tarde inventó pretextos climatológicos. Era febrero, hacía mal tiempo, y a Eva le entristece la lluvia en las ciudades que no conoce. Pero al final no le quedó más remedio que aceptar. Enrique no se merece una negativa.
Haré el equipaje, - se repitió una y otra vez a lo largo de la semana-, subiré al coche y no permitiré que ningún pájaro negro enturbie el viaje.
Y quiso creer, como tantas otras veces, que un simple ejercicio de voluntad, la ayudaría a ahuyentar las sombras.
Emprendieron el viaje por la mañana muy temprano. Enrique no hizo intención de sentarse al volante. Se acomodo, sin decir nada, en el asiento del copiloto. Eva, que adora conducir, acaricia un primer impulso parecido a la alegría, una alegría breve y concisa, casi gris, porque, en el fondo, no puede olvidar que ese gesto, inusual, sólo ayuda a confirmar sus sospechas.
Este viaje sólo es una trampa.
¿Qué pretende recuperar? ¿Tal vez sus recuerdos?.
En ese momento el primer pájaro negro sobrevuela el vehículo proyectando su silueta triste e inevitable sobre ellos.
Y Eva presiente que va a hacer falta mucha música para acabar con todos los pájaros que los amenazarán en el futuro.
Ni siquiera está segura de poder ahuyentar el primero.
Durante los tres primeros años no hubo sombras, pero quién se acuerda de eso.
Conduce casi en silencio los primeros cincuenta kilómetros. A su lado, Enrique tampoco hace nada por iniciar una verdadera conversación. Pronuncian algunas frases sobre el tráfico, el estado de la carretera, las probabilidades de lluvia...
El dedo de él desecha, una tras otra, las emisoras con las que consigue conectar. Y Eva se pregunta, con cierta malicia, qué va a ser de él durante una larga semana, sin el mando del televisor.
Tal vez intentar convertirse en otro, o intentar convertirla en otra a ella.
O quizás, abandonarse y dejar que la evidencia estalle al fin.
Dejar que el gran pájaro negro haga acto de presencia y devore a los pájaros pequeños, esos que van y vienen desde hace tiempo.
O tal vez no ocurra nada y no sabe si eso sería lo peor.
Ya no sabe nada.
Sólo que cuando el amor se ha roto no hay pespunte capaz de remendarlo. Ni viaje capaz de convertir el pasado en presente.
Los pájaros seguirán sobrevolándolos hasta el instante en que uno de los dos pronuncie esas palabras que merodean en sus silencios.
Y sin saber cómo comienza a hablar.
Esto es absurdo - se oye decir en voz alta-. Este viaje a ninguna parte no va a solucionar lo irremediable.
Y el pájaro único, el más grande y negro, empequeñece, asustado por la verdad.
Ya no hay futuro para ellos.
Mejor reconocerlo.