danie
solo un pensamiento...
Un día te alejaste de mí
en un carruaje negro que te llevó de regreso a la necrópolis,
a las fauces de tu morada en el averno.
El sabio oráculo me comentó de Hades
y sus campos Asfódelos,
yo no soporte más esa soledad y decidí emprender la encomiable
epopeya por tus magnos besos.
Navegué río abajo por la cuenca del Aqueronte,
por sus aguas infectadas de plañidos y penas,
rostros olvidados en el busto infausto de la condena.
Navegué hasta encontrar en el horizonte una bruma
escarlata de azufre y cenizas,
un manto negro que ululaba los salmos de los difuntos
placeres de la pútrida vidorria.
Navegué en mi barca construida con los sueños fenecidos
sin ningún vigía,
sin un barquero que me guié en esta peligrosa odisea.
Continué navegando y me adentré en el Cocito con su mortaja
de un óbito fatídico y sus clamores envilecidos.
Crucé los torrentes de lava del Flegetonte
y su eterna hoguera que quemaba los huesos de los muertos.
Navegué río abajo hasta el Lete
y me olvidé de mis fantasías y anhelos,
me olvidé de mi precaria existencia,
de la vida, la luz y la gloria inmortal de tus caricias,
de los campos Elíseos y los Tártaros en el que yacía tu lecho.
Finalmente llegué al río Estigia,
juré que te repudiaría y maldije tu amado cuerpo
El odio fue tan grande que me batí a duelo con mi propia alma,
vomité mi prodigioso amor,
mi devoción y me causó repulsión
pensar en el contacto,
en el mínimo roce de tu pálida e inerte piel.
Me di la vuelta y tú me dijiste adiós
abrazada por los fuertes brazos de Hades.
¡Malditas semillas de granada! ¡Maldita suerte!
¡Maldito viaje! ¡Maldito amor !
Hoy sigo teniendo odio hacia la pletórica vida,
a la humanidad y su pasión de ojos cielo,
a mi frágil alma
y lo más importante es que odio tu amor Perséfone.
Esta es mi confesión.
.............................................Ares.
en un carruaje negro que te llevó de regreso a la necrópolis,
a las fauces de tu morada en el averno.
El sabio oráculo me comentó de Hades
y sus campos Asfódelos,
yo no soporte más esa soledad y decidí emprender la encomiable
epopeya por tus magnos besos.
Navegué río abajo por la cuenca del Aqueronte,
por sus aguas infectadas de plañidos y penas,
rostros olvidados en el busto infausto de la condena.
Navegué hasta encontrar en el horizonte una bruma
escarlata de azufre y cenizas,
un manto negro que ululaba los salmos de los difuntos
placeres de la pútrida vidorria.
Navegué en mi barca construida con los sueños fenecidos
sin ningún vigía,
sin un barquero que me guié en esta peligrosa odisea.
Continué navegando y me adentré en el Cocito con su mortaja
de un óbito fatídico y sus clamores envilecidos.
Crucé los torrentes de lava del Flegetonte
y su eterna hoguera que quemaba los huesos de los muertos.
Navegué río abajo hasta el Lete
y me olvidé de mis fantasías y anhelos,
me olvidé de mi precaria existencia,
de la vida, la luz y la gloria inmortal de tus caricias,
de los campos Elíseos y los Tártaros en el que yacía tu lecho.
Finalmente llegué al río Estigia,
juré que te repudiaría y maldije tu amado cuerpo
El odio fue tan grande que me batí a duelo con mi propia alma,
vomité mi prodigioso amor,
mi devoción y me causó repulsión
pensar en el contacto,
en el mínimo roce de tu pálida e inerte piel.
Me di la vuelta y tú me dijiste adiós
abrazada por los fuertes brazos de Hades.
¡Malditas semillas de granada! ¡Maldita suerte!
¡Maldito viaje! ¡Maldito amor !
Hoy sigo teniendo odio hacia la pletórica vida,
a la humanidad y su pasión de ojos cielo,
a mi frágil alma
y lo más importante es que odio tu amor Perséfone.
Esta es mi confesión.
.............................................Ares.