Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Por el sendero, entre polvo y guijarros voy caminando. Llevo varias horas de pasos seguidos, pasos sin contar, de cansancio y dolor. Al fin llego junto al remanso que recuerdo, tras las peñas grandes en medio de las cuales corre el Cares, a estas alturas aprendiz de río. Allí me siento tras dejar en el suelo la mochila, que ya no recordaba con tanto peso. Me descalzo y dejo mis zapatos en la orilla mientras meto en el agua los pies. Está muy fría; eso sí que lo tenía guardado en la memoria: aguas que bajan del deshielo de los neveros que todavía blanquean las cumbres que nos rodean. Mis pies lo agradecen, cansados de la marcha, del peso, de los años.
Antes, cuando era joven, solía venir por esta ruta, me parecía entonces más fácil, menos empinada. Ahora la veo con otros ojos, más verde, con los árboles más grandes, con los piornos cuajados de flores. Pero me causa desazón, me fatiga al cabo de los pasos. Por eso descanso ahora, al lado del agua cristalina que rompe entre las piedras y entona un canto monótono y hechicero.
Quizá tengo que descansar un rato. Salgo del agua, me siento al pie de un árbol y apoyo mi espalda contra su tronco. Cierro los ojos y recuerdo. Hay, un poco más adelante, un tramo en que la zona se ensancha y en medio de un prado una pequeña ermita abre sus puertas a quien pasa, sea campesino, arriero, peregrino… Tal vez yo sea hoy un poco peregrino. Llegaré a su puerta, miraré la espadaña sencilla y la campana que en ella se acomoda. Seguro que entraré y dejaré entre sus paredes una oración. Una oración que rompa el silencio que la envuelve, una oración que compense las veces que pasé por aquí y no paré un instante. Una oración que agradezca el trabajo a las manos que la levantaron.
Más adelante llegaré a Caín. Ignoro el porqué del nombre bíblico y maldito del lugar. Tal vez porque rodeado de una naturaleza hermosa, fuerte y grandiosa, haga la vida difícil a quienes lo pueblan, pocos y viejos lugareños de unas tierras que se están quedando solas.
Seguiré el camino del río, entre empinadas paredes, por hoces hermosas que el agua ha ido labrando con constancia durante siglos. Quizá tropiece con algún cabrero que lleva sus cabras de vuelta a casa para el ordeño de la tarde. Más adelante con la cordillera vencida, dejando atrás los picos, el río me vaya llevando en una bajada larga a las tierras llanas, las tierras repartidas en pañuelos donde se pierden como en un cuadro, una pomarada, un maizal o una tierra sembrada de centeno. Mugir de vacas y algunas esquilas de ovejas que se sienten extrañas.
Y al fondo, el mar. Tan grande, tan inmenso, azul como el cielo con ondas de blanca espuma. Una playa de arenas infinitas que bordea la costa, donde van las olas, con insistencia terca, una y otra vez a besar las orillas. Es posible que cuando llegue repose en esa playa y mire el mar. Tal vez me siente al lado de una pequeña barca pintada de azul y rojo, con el nombre de Carmen escrito en la proa y me llegue el olor de la brea que la calafatea y del salitre del mar. Y cuando llegue la noche dejaré que me lluevan las estrellas su luz blanca, lejana y me abrace ese mundo que surge cuando el sol se pone y que parece hecho sólo para unos pocos…
Descansado, me pongo en pie, me calzo, me coloco la mochila y comienzo a andar. Me siento peregrino de algún lugar y por algún motivo. A mis labios viene una canción.
Antes, cuando era joven, solía venir por esta ruta, me parecía entonces más fácil, menos empinada. Ahora la veo con otros ojos, más verde, con los árboles más grandes, con los piornos cuajados de flores. Pero me causa desazón, me fatiga al cabo de los pasos. Por eso descanso ahora, al lado del agua cristalina que rompe entre las piedras y entona un canto monótono y hechicero.
Quizá tengo que descansar un rato. Salgo del agua, me siento al pie de un árbol y apoyo mi espalda contra su tronco. Cierro los ojos y recuerdo. Hay, un poco más adelante, un tramo en que la zona se ensancha y en medio de un prado una pequeña ermita abre sus puertas a quien pasa, sea campesino, arriero, peregrino… Tal vez yo sea hoy un poco peregrino. Llegaré a su puerta, miraré la espadaña sencilla y la campana que en ella se acomoda. Seguro que entraré y dejaré entre sus paredes una oración. Una oración que rompa el silencio que la envuelve, una oración que compense las veces que pasé por aquí y no paré un instante. Una oración que agradezca el trabajo a las manos que la levantaron.
Más adelante llegaré a Caín. Ignoro el porqué del nombre bíblico y maldito del lugar. Tal vez porque rodeado de una naturaleza hermosa, fuerte y grandiosa, haga la vida difícil a quienes lo pueblan, pocos y viejos lugareños de unas tierras que se están quedando solas.
Seguiré el camino del río, entre empinadas paredes, por hoces hermosas que el agua ha ido labrando con constancia durante siglos. Quizá tropiece con algún cabrero que lleva sus cabras de vuelta a casa para el ordeño de la tarde. Más adelante con la cordillera vencida, dejando atrás los picos, el río me vaya llevando en una bajada larga a las tierras llanas, las tierras repartidas en pañuelos donde se pierden como en un cuadro, una pomarada, un maizal o una tierra sembrada de centeno. Mugir de vacas y algunas esquilas de ovejas que se sienten extrañas.
Y al fondo, el mar. Tan grande, tan inmenso, azul como el cielo con ondas de blanca espuma. Una playa de arenas infinitas que bordea la costa, donde van las olas, con insistencia terca, una y otra vez a besar las orillas. Es posible que cuando llegue repose en esa playa y mire el mar. Tal vez me siente al lado de una pequeña barca pintada de azul y rojo, con el nombre de Carmen escrito en la proa y me llegue el olor de la brea que la calafatea y del salitre del mar. Y cuando llegue la noche dejaré que me lluevan las estrellas su luz blanca, lejana y me abrace ese mundo que surge cuando el sol se pone y que parece hecho sólo para unos pocos…
Descansado, me pongo en pie, me calzo, me coloco la mochila y comienzo a andar. Me siento peregrino de algún lugar y por algún motivo. A mis labios viene una canción.
Última edición: