Cara y cruz de mi moneda,
infierno que es mejor que el cielo;
tus ojos no desvelan nada,
pero lo prometen todo.
Extraña criatura, llegaste
desde más allá
donde descansa el polvo,
no se si producto
de un ruego inconsciente
o del más negro sueño
que alumbró mi deseo.
Pero, tus ojos oscuros,
como un pecado maduro,
rojizos se vuelven
cuando tus labios me besan,
por completo me absorben,
hacia un galope desenfrenado,
mientras tu lengua
se restriega contra mi sangre,
y los siento más vivos
en la no-muerte
que al entreabrirse
en el momento del nacimiento.
Tu voz me calma
como si volviera al útero,
tan conocida como si siempre
en mi cerebro
su guarida tuviera,
amiga primera,
siempre recordada,
recuperada por un relámpago
entre la tormenta
cuando la catedral,
en la medianoche,
cerraba a los peregrinos
sus puertas.
infierno que es mejor que el cielo;
tus ojos no desvelan nada,
pero lo prometen todo.
Extraña criatura, llegaste
desde más allá
donde descansa el polvo,
no se si producto
de un ruego inconsciente
o del más negro sueño
que alumbró mi deseo.
Pero, tus ojos oscuros,
como un pecado maduro,
rojizos se vuelven
cuando tus labios me besan,
por completo me absorben,
hacia un galope desenfrenado,
mientras tu lengua
se restriega contra mi sangre,
y los siento más vivos
en la no-muerte
que al entreabrirse
en el momento del nacimiento.
Tu voz me calma
como si volviera al útero,
tan conocida como si siempre
en mi cerebro
su guarida tuviera,
amiga primera,
siempre recordada,
recuperada por un relámpago
entre la tormenta
cuando la catedral,
en la medianoche,
cerraba a los peregrinos
sus puertas.