Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cada vez que para en la plaza, atruena el aire con su bocina. La cabina del camión es de un rojo desvaído, gastado de soles y lluvias. En la puerta del conductor, en caligrafía inglesa, aún se puede leer: Ultramarinos, verduras y conservas. La caja de madera, cubierta por un toldo, transporta un sinfín de necesidades.
Las mujeres, sin apresurarse, van saliendo de sus casas, unas en zapatillas, las que viven más lejos, en madreñas. Van colocándose la bata o anudándose a la espalda el mandil. A Pepín lo conocen todas; él sonríe, las manos sujetando las solapas de su chaqueta de pana; la visera de cuadros, bien encasquetada. Hablan todas las mujeres a un tiempo, mientras respetan la vez que entre ellas se han dado.
-¿Tienes naranjas?-
- Ponme dos de manzanas -
Una pregunta en voz alta: -¿Cambiará el tiempo?-
Subido encima de la caja del camión, Pepín duda un instante, se para, mira al cielo, se rasca la cabeza, echando hacia atrás la visera; vuelve luego a ajustarla sobre la frente, con un movimiento rápido.
-Nevará a mitad de semana-
Y las mujeres se van a sus casas, comentándolo entre ellas, alborotadas.
Las mujeres, sin apresurarse, van saliendo de sus casas, unas en zapatillas, las que viven más lejos, en madreñas. Van colocándose la bata o anudándose a la espalda el mandil. A Pepín lo conocen todas; él sonríe, las manos sujetando las solapas de su chaqueta de pana; la visera de cuadros, bien encasquetada. Hablan todas las mujeres a un tiempo, mientras respetan la vez que entre ellas se han dado.
-¿Tienes naranjas?-
- Ponme dos de manzanas -
Una pregunta en voz alta: -¿Cambiará el tiempo?-
Subido encima de la caja del camión, Pepín duda un instante, se para, mira al cielo, se rasca la cabeza, echando hacia atrás la visera; vuelve luego a ajustarla sobre la frente, con un movimiento rápido.
-Nevará a mitad de semana-
Y las mujeres se van a sus casas, comentándolo entre ellas, alborotadas.