Marcel Barberano
Poeta recién llegado
El paseo mañanero.
Los primeros cinco minutos eran los peores, poner en marcha todo su aparato locomotor, empezar a lubricar sus maltrechas articulaciones y subir de revoluciones el bombeo de su motor principal, el corazón, era tarea ardua al comienzo de su carrera. Era un pesar, sin embargo, que atravesaba con agrado, pues pronto empezaba, de nuevo, a sentir buenas sensaciones. Era como poner en marcha el viejo motor de un coche que sabes que no te va a fallar pero al que cuesta arrancar y, a pesar de ello sabes que disfrutarás del paseo luego.
Superada la prueba del comienzo, empezó nuestro joven a disfrutar del paseo y fue entonces cuando empezó a divagar en sus pensamientos favoritos. Cuca ocupaba, una vez más, su mente. Esgrimía ideas para poder sorprenderla algún día sabiendo que tenía un poderoso as en su manga. El gusto que compartían por la literatura podía ser gran motivo para seguir acercándose a ella. Seguir “devorando” libros le permitía seguir viéndola en su librería.
Segundo problema superado:
_ Creo que necesito algún libro para leer estas fiestas -pensaba con una gran sonrisa en el rostro-.
De pronto suspendía sus divagaciones. Estaba a punto de llegar al puente sobre la Marisma. Su lugar favorito para poner a prueba su motor. Disfrutaba cruzándolo con todo lo que tenía. Los primeros rayos de Sol bañaban el agua y las tablas dormían húmedas y peligrosamente resbaladizas. Pero no lo suficiente como para echar al traste los siguientes minutos de placer de nuestro amigo. Levantó la zancada y fijó su mirada en la otra orilla.
_ Vamos allá Tito!
Sus sensaciones al terminar el segmento eran indescriptibles para él. Sobreexcitado por el esfuerzo no dejó de pensar en Cuca y toda ella empezó a multiplicarse exponencialmente en su cabeza: la sincera sonrisa que le enamoraba, en la forma en la que le hablaba cuando le recomendaba un libro, pensaba en sus manos, en su pelo, en sus ojos, en su boca...poco a poco iba como separándola en pequeños fascículos y construía con ellos una especie de película maravillosa en su pensamiento que acompañaba su marcha.
Al regresar a casa, Tito se sentía poderoso y lleno de energía a pesar del esfuerzo realizado. Y mentalmente dichoso de la colección de imágenes que había confeccionado de ella. Estaba más feliz y con ganas de volver a verla pronto.
Los primeros cinco minutos eran los peores, poner en marcha todo su aparato locomotor, empezar a lubricar sus maltrechas articulaciones y subir de revoluciones el bombeo de su motor principal, el corazón, era tarea ardua al comienzo de su carrera. Era un pesar, sin embargo, que atravesaba con agrado, pues pronto empezaba, de nuevo, a sentir buenas sensaciones. Era como poner en marcha el viejo motor de un coche que sabes que no te va a fallar pero al que cuesta arrancar y, a pesar de ello sabes que disfrutarás del paseo luego.
Superada la prueba del comienzo, empezó nuestro joven a disfrutar del paseo y fue entonces cuando empezó a divagar en sus pensamientos favoritos. Cuca ocupaba, una vez más, su mente. Esgrimía ideas para poder sorprenderla algún día sabiendo que tenía un poderoso as en su manga. El gusto que compartían por la literatura podía ser gran motivo para seguir acercándose a ella. Seguir “devorando” libros le permitía seguir viéndola en su librería.
Segundo problema superado:
_ Creo que necesito algún libro para leer estas fiestas -pensaba con una gran sonrisa en el rostro-.
De pronto suspendía sus divagaciones. Estaba a punto de llegar al puente sobre la Marisma. Su lugar favorito para poner a prueba su motor. Disfrutaba cruzándolo con todo lo que tenía. Los primeros rayos de Sol bañaban el agua y las tablas dormían húmedas y peligrosamente resbaladizas. Pero no lo suficiente como para echar al traste los siguientes minutos de placer de nuestro amigo. Levantó la zancada y fijó su mirada en la otra orilla.
_ Vamos allá Tito!
Sus sensaciones al terminar el segmento eran indescriptibles para él. Sobreexcitado por el esfuerzo no dejó de pensar en Cuca y toda ella empezó a multiplicarse exponencialmente en su cabeza: la sincera sonrisa que le enamoraba, en la forma en la que le hablaba cuando le recomendaba un libro, pensaba en sus manos, en su pelo, en sus ojos, en su boca...poco a poco iba como separándola en pequeños fascículos y construía con ellos una especie de película maravillosa en su pensamiento que acompañaba su marcha.
Al regresar a casa, Tito se sentía poderoso y lleno de energía a pesar del esfuerzo realizado. Y mentalmente dichoso de la colección de imágenes que había confeccionado de ella. Estaba más feliz y con ganas de volver a verla pronto.