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Poeta que considera el portal su segunda casa
PAGINAS BLANCAS
El ambiente frondoso de la plaza era propicio para el descanso y disfrute de los vecinos y visitantes. A diario, a todas horas del día, estaban ocupadas las bancas rojas de madera por las tertulias de adultos y el bullicio de niños en juegos infantiles. Uno de los consuetudinarios asistentes era Francisco, el talabartero del pueblo, quien abandonaba el taller y dedicaba las horas libres a compartir vivencias y recopilar nuevos datos en un trabajo que era su pasión.
La paciencia y minuciosidad del oficio forjó una personalidad metódica en Francisco. Llevaba registro de muchas reseñas de los habitantes del pueblo haciendo, sin nombramiento, la función de cronista. Todos reconocían la labor y lo alababan.
Una fresca tarde de agosto, Francisco intercambiaba opinión con algunos interlocutores. El poeta Carlos preguntó:
-Francisco. ¿Llevas registro de los obituarios del pueblo?-
Con una expresión vacilante, respondió que no. El cura lleva esas anotaciones.
El vate replicó de inmediato.
-¿Y eso por qué? Es parte importante de nuestra historia. Creo debes hacer énfasis en el tema de inmediato. Recuerda que el padre Alejandro viene una vez a la semana y acceder a los archivos es bastante difícil-
-Me parece que sí. Empezaré con el próximo suceso-
Francisco irguió el cuerpo y sin despedirse, salió a visitar a la librería de Policarpo a comprar un cuaderno para llevar los registros de los fallecidos. Al llegar a casa, lo colocó, en la repisa del cuarto, junto al resto del material acumulado durante muchos años.
Pasaron varias semanas y el cuaderno de óbitos, junto al resto de las agendas, estaba con las páginas en blanco.
El ambiente frondoso de la plaza era propicio para el descanso y disfrute de los vecinos y visitantes. A diario, a todas horas del día, estaban ocupadas las bancas rojas de madera por las tertulias de adultos y el bullicio de niños en juegos infantiles. Uno de los consuetudinarios asistentes era Francisco, el talabartero del pueblo, quien abandonaba el taller y dedicaba las horas libres a compartir vivencias y recopilar nuevos datos en un trabajo que era su pasión.
La paciencia y minuciosidad del oficio forjó una personalidad metódica en Francisco. Llevaba registro de muchas reseñas de los habitantes del pueblo haciendo, sin nombramiento, la función de cronista. Todos reconocían la labor y lo alababan.
Una fresca tarde de agosto, Francisco intercambiaba opinión con algunos interlocutores. El poeta Carlos preguntó:
-Francisco. ¿Llevas registro de los obituarios del pueblo?-
Con una expresión vacilante, respondió que no. El cura lleva esas anotaciones.
El vate replicó de inmediato.
-¿Y eso por qué? Es parte importante de nuestra historia. Creo debes hacer énfasis en el tema de inmediato. Recuerda que el padre Alejandro viene una vez a la semana y acceder a los archivos es bastante difícil-
-Me parece que sí. Empezaré con el próximo suceso-
Francisco irguió el cuerpo y sin despedirse, salió a visitar a la librería de Policarpo a comprar un cuaderno para llevar los registros de los fallecidos. Al llegar a casa, lo colocó, en la repisa del cuarto, junto al resto del material acumulado durante muchos años.
Pasaron varias semanas y el cuaderno de óbitos, junto al resto de las agendas, estaba con las páginas en blanco.
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