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Paco y María

Osidiria

Poeta asiduo al portal
Paco es un hombre de modales toscos, rudo como las ruedas de un carro
echas para rodar entre los guijarros del campo y a respirar los vómitos del camino,
de cuerpo ancho y musculoso, ronda los 50, pero todavía quedan algunos escalones
para llegar a tocar esa altura, hay quien dice que le sobran unos kilos,
pero sus pies resisten sus casi dos metros de estatura y sus 110 kilos de carne
prieta y maciza como una roca y mezquina con la pereza,
porque a trabajar no hay quien le gane.
Es dueño de un taller mecánico que levantó con su propio esfuerzo
con los bolsillos raídos por la penuria y muchas noches en vela,
pero el negocio va bien, Paco supo subirse al carro de las nuevas tecnologías
adaptadas al mundo del automóvil e hizo todo los cursos habidos
y por haber para estar a la última,
sistemas de navegación, airgbags inteligentes, aparcamiento asistido, motores eléctricos,
toda la tecnología punta en automovilismo, el negocio subió como la espuma, tanto fue así
que compró una nave más grande y moderna.
Ahora tiene cuatro empleados, algunos mejores que otros, en especial uno,
le llaman “el chivo”, demasiado taciturno para su gusto, un bicho raro,
escalabra cada vez que habla, grosero, mal aseado,
pero el muy cabrón tiene manos de seda para los coches,
por eso le mantenía en plantilla a pesar de no ser santo de su devoción.
El negocio marcha bien, tiene una buena lista de clientes esperando su turno
para errar sus carros de guerra, no se queja, es bueno en su oficio, exquisito,
un poeta de los tornillos y las tuercas, solo él sabe cómo hacer para que los tubos de escape
suenen como un verdadera orquesta.
No anda sobrado de ideas de altura en su cabeza, lo de la mística le queda lejos,
su filosofía es que la vida hay que vivirla como venga, no es mucho de novenas ni de misas,
reza a su manera, sus manos llenas de callos tan grandes como nidos de avispa avisan;
aquel que venga buscando pelea no andará sobrado de muelas cuando se vaya,
nunca ataca, solo defiende su territorio como un lobo cuidando su manada.
Paco no es un santo, pero podría serlo en cuanta muera si no fuera por los acontecimientos
que sucedieron aquella tarde de agosto cuando las nubes se tiñeron de rojo sobre su cabeza.

Se casó hace años con María, aquella muchacha de rizos rebeldes y castaños
vecina de pupitre en la escuela, su amor de primavera y que ningún invierno
ha conseguido apagar la pasión que siente por ella, tienen dos hijos, Mariela de 16 años,
una verdadera princesa, pero que últimamente anda demasiado expuesta
en lo que se ha venido a llamar “redes sociales” algo que se escapa a sus entendederas,
fotos de una intimidad que nadie debería ver, comentarios obscenos y ciénagas
que rezuman de las teclas de aquel teléfono que de buenas a primeras se convirtió
en su peor enemigo y no encontraba la manera de echarlo de sus vidas.
Martín, el pequeño de 13 años, siempre pendiente de sus deberes,
sus deportes, su contacto con la naturaleza, ¿cómo podrían ser tan distintos?
eso le rumiaba las entrañas de Paco sin encontrar respuesta.
Paco y María hacían buena pareja, él sacaba brillo a sus ojos cada día con la figura de ella
y sus manos aún no se habían cansado de acariciarla,
María andana algo desconocida estos días, eso le inquietaba,
“cosas de mujeres” pensaba Paco aquella mañana camino del trabajo,
“tal vez no le presto toda la atención que merece, tengo que hacer algo al respecto”
pensó en regalarle flores, salir a cenar, tal vez unos días de vacaciones,
“sí, todo es cuestión de proponérselo y hacer planes”
Definitivamente, no era el día del bueno de Paco, todo le salía al revés,
sentía la torpeza instalada en sus manos, no daba ni una a derechas,
las ideas retozaban en su cabeza como un rebaño de ovejas sin pastor
y el cuerpo no le cabía en la piel de la ansiedad que le hervía por dentro,
lo mejor sería irse a casa y hablar largo y tendido con su mujer,
la lengua le escocía en la boca por todo lo que la quería decir, sí, eso haría,
dejaría todo en manos del encargado y que fuese él quien cerrase el taller
a pesar de que le estaban faltos de personal, el chivo andaba de baja
achacando problemas de espalda, pero se las arreglarían.
De camino paro en la floristería a comprar un ramo de rosas, una docena en total,
no las contó, confío en la dependienta que era una profesional y nada más verle
supo que no era tiempo de mentiras.
Paco estaba dispuesto a dejar en cueros su alma con tal de entender a su mujer,
era media tarde cuando cruzó el jardín con el sol a su espalda,
tanto su sombra como él sabían que su vida no sería igual sin aquella mujer,
sin su familia, sin su hijo perfecto, sin su hija rebelde que ahora
estaba un tanto confundida y rogaba cómo poderla ayudar.
Le extraño no ver el coche de María aparcado en la calle, pensó que habría salido
y mientras esperaba decidió tomar una cerveza, fue a la cocina
cuando de repente oyó algo extraño en el piso de arriba,
una especia de gemidos apagados, unos susurros entrecortados y se asustó.
Corrió escaleras arriba subiendo los escalones de dos en dos y abrió la puerta con tal fuerza
que casi la arranca de cuajo y lo que vio le heló la sangre:
era “el chivo” con su hija debajo, su princesa, el pelo revuelto y las piernas abiertas
sometida por aquel bárbaro que le miraba desde el otro lado de la cama
con una sonrisa capaz de demoler las almas;
pero bueno jefe, ¿a ti no te han enseñado a llamar?, eso está muy feo y es de mala educación
¿sabes? te invitaría a la fiesta pero dudo mucho que te acuerde de qué va esto.
Demasiado para Paco, se abalanzó contra él y le dio tal bofetón que le tiró al suelo,
“el chivo” se levantó de un salto con los ojos inyectados en sangre y gritando como un poseso
envistió contra Paco, los dos se estamparon contra el espejo del armario
que salto hecho añicos, el chivo estaba descalzo y las esquirlas de cristal
le cortaron los pies como cuchillas de afeitar, Paco se zafó como pudo,
entonces el chivo le dio un puñetazo en la boca del estómago,
Paco se dobló de dolor a la vez que recibió un rodillazo en el pecho que le hizo tambalearse, dudó,
el chivo puso sus brazos como una tenaza sobre él y por un momento
le impidió respirar, Paco echó su cabeza para atrás y con la fuerza de un toro
le golpeó en pleno rostro rompiéndole la nariz, el chivo empezó a sangrar como un cerdo,
cuando sin tiempo para pensárselo Paco le lanzó una patada en la entrepierna,
se hizo un silencio sepulcral, el chivo cayó al suelo como un fardo viejo
revotando contra las baldosas del dormitorio sin emitir ni el más mínimo quejido:
Paco le había reventado los testículos,
boqueando como un pez fuera del agua, respiró profundo y se tranquilizó,
miró a su hija que estaba tapada con una sábana encima de la cama sollozando
como cuando perdía sus muñecas, le dio un abrazo como nunca se lo había dado;
“tranquila hija mía, ya pasó todo”,
“curioso lo poco que se tarda en mandar a un demonio de vuelta a su infierno”, pensó,
Paco sacó su teléfono y marcó;
¿policía?, por favor, vengan a mi casa, acabo de matar a un hombre.


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