prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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[TD="colspan: 2"]A ritmo de trance
cae mi sombra depilada de la noche
y hasta tengo buitres en la saliva, madre.
Un profundo olor a dios ahogado se desliza por las ventanas
y envuelto en sábanas que momifican el alma
aún espero como un candelabro en la sala vacía de mi propio ser
que alguien prenda fuego a los sueños.
¿Donde están las olas de lino que curaban la enfermedad de las yeguas,
la masacre de los robles en sus ojos de vidrio,
en qué mar de tu bondad?
Ha venido el frío que se alimenta de órganos de monje
a desvestir de nidos el abrupto valle de la garganta
con sus hiedras de aguardiente
y el azúcar de mi sangre va para las yeguas.
A ritmo de trance me adhiero a la cruz de la nada.
De la infancia recuerdo algunas espigas
y las espigas recuerdan de mí la hoz.
Apura, madre, las bestias que tienes encerradas entre las manos.
Hay un ángel vasto que devorar, el último que me queda.[/TD]
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[TD="colspan: 2"]A ritmo de trance
cae mi sombra depilada de la noche
y hasta tengo buitres en la saliva, madre.
Un profundo olor a dios ahogado se desliza por las ventanas
y envuelto en sábanas que momifican el alma
aún espero como un candelabro en la sala vacía de mi propio ser
que alguien prenda fuego a los sueños.
¿Donde están las olas de lino que curaban la enfermedad de las yeguas,
la masacre de los robles en sus ojos de vidrio,
en qué mar de tu bondad?
Ha venido el frío que se alimenta de órganos de monje
a desvestir de nidos el abrupto valle de la garganta
con sus hiedras de aguardiente
y el azúcar de mi sangre va para las yeguas.
A ritmo de trance me adhiero a la cruz de la nada.
De la infancia recuerdo algunas espigas
y las espigas recuerdan de mí la hoz.
Apura, madre, las bestias que tienes encerradas entre las manos.
Hay un ángel vasto que devorar, el último que me queda.[/TD]
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