prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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He pasado una vida descongelando infiernos,
justificando la póliza del amoniaco que firma mis dolores de garganta
cada vez que me descuelgo de la realidad
para alcanzar a decir que amo.
He gastado mis tintas de despedida
empeñando el corazón de dios a las viudas
que mordían las pupilas de cementerio,
los gordos tulipanes
sembrados por inercia
entre las rejas del amanecer.
Después he soñado contigo
como si una inmensa bruma se hubiera apoderado del arroyo de las virtudes
sin saber que mi renegado cuerpo vivo
era el barco que transitaba cargado de crucificados
hacia los hervidores de alma.
He pasado más de un rato siendo otro
y singular mezquino de felicidad.
Me he embarrado de poemas al cruzar pantanos de parálisis,
violáceas y soberanas periferias de presagio.
He soñado contigo, lo repito
como si mi bifurcada lengua de renuncia
pudiera aplastar la sordera de los espacios
donde te me revelas aérea como nieve de pureza.
He forjado demasiadas sogas de excentricidad para un sólo corazón
y, sin embargo, ninguna tuvo la medida justa.
He anclado en el puerto de los insomnes,
donde nunca anochece.
Me he dejado guiar por el reloj de las jeringas
que inyectan en los caballos el antídoto de falsa libertad
contra el agotamiento que supone mover los bosques de sitio.
He fosilizado la bestialidad de la esperanza.
Olfateas la sangre de un extraño, Hallie
y no merezco ser él
porque soy un templo del vacío,
donde solamente vienen a rezar los olvidos.
Olfateas la sangre de un niño que ya no existe.
La sangre de una sombra que se debe a tu luz.
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He pasado una vida descongelando infiernos,
justificando la póliza del amoniaco que firma mis dolores de garganta
cada vez que me descuelgo de la realidad
para alcanzar a decir que amo.
He gastado mis tintas de despedida
empeñando el corazón de dios a las viudas
que mordían las pupilas de cementerio,
los gordos tulipanes
sembrados por inercia
entre las rejas del amanecer.
Después he soñado contigo
como si una inmensa bruma se hubiera apoderado del arroyo de las virtudes
sin saber que mi renegado cuerpo vivo
era el barco que transitaba cargado de crucificados
hacia los hervidores de alma.
He pasado más de un rato siendo otro
y singular mezquino de felicidad.
Me he embarrado de poemas al cruzar pantanos de parálisis,
violáceas y soberanas periferias de presagio.
He soñado contigo, lo repito
como si mi bifurcada lengua de renuncia
pudiera aplastar la sordera de los espacios
donde te me revelas aérea como nieve de pureza.
He forjado demasiadas sogas de excentricidad para un sólo corazón
y, sin embargo, ninguna tuvo la medida justa.
He anclado en el puerto de los insomnes,
donde nunca anochece.
Me he dejado guiar por el reloj de las jeringas
que inyectan en los caballos el antídoto de falsa libertad
contra el agotamiento que supone mover los bosques de sitio.
He fosilizado la bestialidad de la esperanza.
Olfateas la sangre de un extraño, Hallie
y no merezco ser él
porque soy un templo del vacío,
donde solamente vienen a rezar los olvidos.
Olfateas la sangre de un niño que ya no existe.
La sangre de una sombra que se debe a tu luz.