Vevero
Poeta reconocida en el portal
Un día desperté y descubrí que ya no era la misma. Los piropos no iban dirigidos a mí; me sentía identificada por otros ritmos; ya no pedía permiso sino que me lo pedían a mi. La mayoría de las personas me decían señora o me trataban de Ud., o peor, en el colegio de mis hijos me llamaban mami. No me sentía tan lejos de mi madre y era capaz de entenderla sin rebelarme aunque no se lo confesara nunca.
Fue entonces, que descubrí que estaba al borde de los 40, y antes de caer en un panic attack que me paralizara decidí cambiar el rumbo de mi hermosa y tranquila vida. Pero ¿qué era lo que debía hacer?
Eso era lo que tenía que descubrir para poder realizar mi tránsito a señora de las 4 décadas. Me quedaban 3 años de búsqueda, de prueba y ensayo, de errores y éxitos y después qué? ¿Empezaría a vivir la otra mitad de mi vida? No lo sé, nunca lo sabría. En ese momento me preguntaba porque cuando nacemos no venimos con un manual de instrucciones que nos explique cómo reaccionar ante estas situaciones, en definitiva, que nos enseñe a sobrevivir.
Si mi vida cotidiana era sencilla, la quería complicada; si era complicada la deseaba sencilla. Si mis hijos eran inquietos, los quería tranquilos y si eran obedientes me preocupaba - los quería más rebeldes. Había algo en mí que me confundía y no lograba descubrir qué era, ¿sería las cercanías de los 40? Descubrí que lo primero que necesitaba era un cambio, pero ¿un cambio de qué? ¿de casa? ¿de amigos?, ¿de perro? NO, eso no era lo que estaba en mi mente.
La liberación femenina ya había pasado de moda, ya nos habíamos liberado y seguíamos tan mal o peor que antes; liberadas y todo trabajamos el doble: en casa aunque en apariencia nos ayudaran se habían quedado con las tareas mas fáciles y placenteras (como bañar a los chicos, pasear al perro) y nosotras seguíamos con el trajín diario de mantener la casa en orden (con lo difícil que es conseguir una chica que te ayude con las tareas del hogar y dure).
Entonces, evalué que el cambio de vida debía ser volver a estudiar, pero imaginarme sumergida en los claustros universitarios del lado estudiantil, después de que por convicción había decidido abandonarlos del otro lado, no cuajaba en lo más mínimo en mis planes. Si me quejaba de falta de tiempo para mí misma, en que momento del día lograría el silencio y la paz necesaria para estudiar...
También noté que empezaban a preocuparme mis arrugas (y aunque no tuviera muchas) hice relevamientos dermatológicos de cuanta crema, loción, máscara y demás productos cosméticos pudiesen existir para que esas terribles señales del tiempo se borrasen de mi rostro.
Me sumé a un grupo de mujeres que salían a caminar todas las mañanas para ejercitarse, pero a mí caminar me aburría (siempre voy a mil) así que mejor iba a correr pero primero tenía que dejar el cigarrillo. Además, volviendo al grupo de caminantes, después de pasar unos meses dando vueltas a la misma plaza sin parar, descubrí que el músculo que más se ejercitaba era la lengua, y lo más triste era que ninguna de esas conversaciones era productiva o relajante.
En tal caso ¿el cambio que necesitaba era un hombre? Pero ya tenía uno en casa (y entre nos, no me atendía nada mal). Yo quería uno que no esperara a que los chicos se durmieran para acordarse de que antes de madre y padre, habíamos sido hombre y mujeres. Necesitaba sentirme deseada, alguien que estuviera como yo- siempre pronto a esos menesteres que el cuerpo impone y la mente muchas veces relega y, en conclusión, había que salir a buscarlo y cuando lo encontrara ¿qué haría? Seguro que no sabría qué hacer, ya que en los últimos 20 años con los hombres que más cercanías tenía eran con mi abuelo, mi padre, mi marido y mi hijo. Primero había que definir el campo de búsqueda... por dónde empezar, los del barrio no podían ser, tal vez algún viejo novio perdido en el tiempo; fue así que por recomendación de una amiga y la casualidad llegué al chat. Gran conmoción ¡! ¿ qué era eso? Todos hablan con todos, nadie habla con nadie y de repente un señor te invita a una charla en privado y te termina pidiendo el celular, previo paso por el msn. Del celular al café media una semana, tal vez 2, y del café en adelante, mmm ...
Mis ideas cada vez se confundían más: rebeldía, replanteos existenciales, reordenamientos, dudas, balances y revolución hormonal; en estas palabras podíamos resumir casi todas mis seguras inseguridades.
Mis amigas no estaban en situaciones tan diferentes de la mía. Las separadas preocupadas por su futuro, las casadas casi en mi misma circunstancia, pero sin animarse a tanto como yo, las que no tenían hijos buscándolos de cualquier modo... En definitiva, había descubierto que mi vida estaba estancada y rutinaria; todo lo que siempre había detestado me estaba pasando y no sabía cómo manejarlo; y fueron esas conclusiones las que me llevaron a decidir que debía cambiar mi destino. No esperaría más a que las cosas sucedieran, sino que saldría a buscarlas o a que me encontrasen; para esto tenía que vencer el dulce letargo de ama de casa feliz, pero incompleta, animarme a soñar mis sueños posibles, volverme a llenar de papeles, de notas, de borradores, de experiencias nuevas, en resumen, embellecerme por dentro y florecer hacia los demás.
Fue entonces, que descubrí que estaba al borde de los 40, y antes de caer en un panic attack que me paralizara decidí cambiar el rumbo de mi hermosa y tranquila vida. Pero ¿qué era lo que debía hacer?
Eso era lo que tenía que descubrir para poder realizar mi tránsito a señora de las 4 décadas. Me quedaban 3 años de búsqueda, de prueba y ensayo, de errores y éxitos y después qué? ¿Empezaría a vivir la otra mitad de mi vida? No lo sé, nunca lo sabría. En ese momento me preguntaba porque cuando nacemos no venimos con un manual de instrucciones que nos explique cómo reaccionar ante estas situaciones, en definitiva, que nos enseñe a sobrevivir.
Si mi vida cotidiana era sencilla, la quería complicada; si era complicada la deseaba sencilla. Si mis hijos eran inquietos, los quería tranquilos y si eran obedientes me preocupaba - los quería más rebeldes. Había algo en mí que me confundía y no lograba descubrir qué era, ¿sería las cercanías de los 40? Descubrí que lo primero que necesitaba era un cambio, pero ¿un cambio de qué? ¿de casa? ¿de amigos?, ¿de perro? NO, eso no era lo que estaba en mi mente.
La liberación femenina ya había pasado de moda, ya nos habíamos liberado y seguíamos tan mal o peor que antes; liberadas y todo trabajamos el doble: en casa aunque en apariencia nos ayudaran se habían quedado con las tareas mas fáciles y placenteras (como bañar a los chicos, pasear al perro) y nosotras seguíamos con el trajín diario de mantener la casa en orden (con lo difícil que es conseguir una chica que te ayude con las tareas del hogar y dure).
Entonces, evalué que el cambio de vida debía ser volver a estudiar, pero imaginarme sumergida en los claustros universitarios del lado estudiantil, después de que por convicción había decidido abandonarlos del otro lado, no cuajaba en lo más mínimo en mis planes. Si me quejaba de falta de tiempo para mí misma, en que momento del día lograría el silencio y la paz necesaria para estudiar...
También noté que empezaban a preocuparme mis arrugas (y aunque no tuviera muchas) hice relevamientos dermatológicos de cuanta crema, loción, máscara y demás productos cosméticos pudiesen existir para que esas terribles señales del tiempo se borrasen de mi rostro.
Me sumé a un grupo de mujeres que salían a caminar todas las mañanas para ejercitarse, pero a mí caminar me aburría (siempre voy a mil) así que mejor iba a correr pero primero tenía que dejar el cigarrillo. Además, volviendo al grupo de caminantes, después de pasar unos meses dando vueltas a la misma plaza sin parar, descubrí que el músculo que más se ejercitaba era la lengua, y lo más triste era que ninguna de esas conversaciones era productiva o relajante.
En tal caso ¿el cambio que necesitaba era un hombre? Pero ya tenía uno en casa (y entre nos, no me atendía nada mal). Yo quería uno que no esperara a que los chicos se durmieran para acordarse de que antes de madre y padre, habíamos sido hombre y mujeres. Necesitaba sentirme deseada, alguien que estuviera como yo- siempre pronto a esos menesteres que el cuerpo impone y la mente muchas veces relega y, en conclusión, había que salir a buscarlo y cuando lo encontrara ¿qué haría? Seguro que no sabría qué hacer, ya que en los últimos 20 años con los hombres que más cercanías tenía eran con mi abuelo, mi padre, mi marido y mi hijo. Primero había que definir el campo de búsqueda... por dónde empezar, los del barrio no podían ser, tal vez algún viejo novio perdido en el tiempo; fue así que por recomendación de una amiga y la casualidad llegué al chat. Gran conmoción ¡! ¿ qué era eso? Todos hablan con todos, nadie habla con nadie y de repente un señor te invita a una charla en privado y te termina pidiendo el celular, previo paso por el msn. Del celular al café media una semana, tal vez 2, y del café en adelante, mmm ...
Mis ideas cada vez se confundían más: rebeldía, replanteos existenciales, reordenamientos, dudas, balances y revolución hormonal; en estas palabras podíamos resumir casi todas mis seguras inseguridades.
Mis amigas no estaban en situaciones tan diferentes de la mía. Las separadas preocupadas por su futuro, las casadas casi en mi misma circunstancia, pero sin animarse a tanto como yo, las que no tenían hijos buscándolos de cualquier modo... En definitiva, había descubierto que mi vida estaba estancada y rutinaria; todo lo que siempre había detestado me estaba pasando y no sabía cómo manejarlo; y fueron esas conclusiones las que me llevaron a decidir que debía cambiar mi destino. No esperaría más a que las cosas sucedieran, sino que saldría a buscarlas o a que me encontrasen; para esto tenía que vencer el dulce letargo de ama de casa feliz, pero incompleta, animarme a soñar mis sueños posibles, volverme a llenar de papeles, de notas, de borradores, de experiencias nuevas, en resumen, embellecerme por dentro y florecer hacia los demás.
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