Chepeleon Arguello
Poeta veterano en el Portal
A MARTHA
(JUNIO-79)
Porque el mundo de Ellos es redondo afónico
y nuestro Universo es cuadrado unisonó,
es que la tristeza de mis ojos,
en la esquina del desasosiego,
buscó la oscuridad de la bendita calma en los tuyos.
La normalidad amoral fue su establecida violencia,
y en medio de esta barahúnda dejamos de ser
gratuitamente, los imperecederos e intolerantes ingenuos.
El rostro insensato de la anónima muerte
nos mordió los talones de los sueños con su odio pútrido
y despertamos en medio de esta alucinación.
La curiosidad es la importuna hormiguita en el niño,
que ante la inerme inocencia sin la mucha parsimonia
de la realidad, acumula bajo sus cansados parpados
las imágenes desfiguradas del ocio y la rutina
en la hecatombe que pronostica el zodiaco
de la irreverente sonrisa.
Mastican cansados augurios los decrépitos ancianos
en tono de presagio.
¡Nada cambiara la huella de sus cascos sobre la frente!
¡Ni los más inquietos y turbados pensamientos
expelerán la usanza de nuevos amaneceres!
Tendremos que liberar la cobardía de los abuelos
y cargar en nuestras espaldas juveniles con sus
visiones de esclavos para liberarnos para siempre.
II
Te miro sin ver futuro en nuestras sombras,
me decías lastimosamente, mientras restregabas con ira
e impotencia el miedo de tu rostro de niña.
Esa fue nuestra prognosis hasta ese momento.
Pido a la noche pesarosa,
por el cansancio de este miedo en la piel,
-el del abuelo y nuestros padres-
que dejemos correr los riesgos
de este infecundo momento
para prenderle fuego a los silencios
que esconden las dudas
y parir el caos, forzando de su vientre
la anarquía inesperada de los fríos fusiles.
III
!Stimulate your sense!
Mientras los aviones dejan caer
la intolerancia del tirano sobre Managua.
El miedo es como el tórsalo
se alimenta de la piel de los silencios,
las dudas sudan, como el condenado al vacío,
juega en las raquíticas horas a la ruleta rusa
con las balas del revólver de esa rutina.
Nadie escucho el batir de las alas de la paloma
de la paz, cuando era sodomizada
por la metralla de la obstinada
y establecida realidad.
Nadie vio, al infalible francotirador
que desde el balcón de las grisáceas horas
pronostico con cadencias la muerte del inocente.
Esas horas negras,
donde tiritan las imágenes de su odio
esconden en los rincones de las callejuelas y cauces
un arcoíris de explosiones y contradicciones
que se cierne plácidamente sobre nuestro barrio.
Vos y Yo, tomados de la mano
lloramos impotentes sobre el yermo espectáculo
mientras la sangre que emana de la yugular
de la bestia, nos incita, estimula,
azuza los colmillos de nuestro odio.
La noche suda, las truculencias de esta lid
los fusiles intercambian insultos revestidos
con el plomo del odio:
Los odiamos,
nos odian,
nos odiamos
y no hay perdón por este odio alterno.
Decirte adiós, no fue cosa de rutina.
El quizás y las eventualidades de la muerte
la llevábamos como sombra,
arrastrando los pesares y las dudas.
Ser joven fue un delito irreparable en esos tiempos.
El amor, nuestro amor al borde del caos,
alivia los dolores insatisfechos de la espera.
¿Prevalecerá los signos de la inmolación
sobre nuestra ciudad?
¿Nuestro amor en medio del odio que florece
por la sangre en el asfalto frío de culpabilidad?
Mientras aligero los pasos
y me sumo hambriento de preguntas
al torrente de adioses y despedidas anónimas
con las que pretendemos romper los silencios vacilantes
para explotaran sin misericordia
en una barricada de emociones
que tumbara el miedo y a la misma muerte.
(JUNIO-79)
Porque el mundo de Ellos es redondo afónico
y nuestro Universo es cuadrado unisonó,
es que la tristeza de mis ojos,
en la esquina del desasosiego,
buscó la oscuridad de la bendita calma en los tuyos.
La normalidad amoral fue su establecida violencia,
y en medio de esta barahúnda dejamos de ser
gratuitamente, los imperecederos e intolerantes ingenuos.
El rostro insensato de la anónima muerte
nos mordió los talones de los sueños con su odio pútrido
y despertamos en medio de esta alucinación.
La curiosidad es la importuna hormiguita en el niño,
que ante la inerme inocencia sin la mucha parsimonia
de la realidad, acumula bajo sus cansados parpados
las imágenes desfiguradas del ocio y la rutina
en la hecatombe que pronostica el zodiaco
de la irreverente sonrisa.
Mastican cansados augurios los decrépitos ancianos
en tono de presagio.
¡Nada cambiara la huella de sus cascos sobre la frente!
¡Ni los más inquietos y turbados pensamientos
expelerán la usanza de nuevos amaneceres!
Tendremos que liberar la cobardía de los abuelos
y cargar en nuestras espaldas juveniles con sus
visiones de esclavos para liberarnos para siempre.
II
Te miro sin ver futuro en nuestras sombras,
me decías lastimosamente, mientras restregabas con ira
e impotencia el miedo de tu rostro de niña.
Esa fue nuestra prognosis hasta ese momento.
Pido a la noche pesarosa,
por el cansancio de este miedo en la piel,
-el del abuelo y nuestros padres-
que dejemos correr los riesgos
de este infecundo momento
para prenderle fuego a los silencios
que esconden las dudas
y parir el caos, forzando de su vientre
la anarquía inesperada de los fríos fusiles.
III
!Stimulate your sense!
Mientras los aviones dejan caer
la intolerancia del tirano sobre Managua.
El miedo es como el tórsalo
se alimenta de la piel de los silencios,
las dudas sudan, como el condenado al vacío,
juega en las raquíticas horas a la ruleta rusa
con las balas del revólver de esa rutina.
Nadie escucho el batir de las alas de la paloma
de la paz, cuando era sodomizada
por la metralla de la obstinada
y establecida realidad.
Nadie vio, al infalible francotirador
que desde el balcón de las grisáceas horas
pronostico con cadencias la muerte del inocente.
Esas horas negras,
donde tiritan las imágenes de su odio
esconden en los rincones de las callejuelas y cauces
un arcoíris de explosiones y contradicciones
que se cierne plácidamente sobre nuestro barrio.
Vos y Yo, tomados de la mano
lloramos impotentes sobre el yermo espectáculo
mientras la sangre que emana de la yugular
de la bestia, nos incita, estimula,
azuza los colmillos de nuestro odio.
La noche suda, las truculencias de esta lid
los fusiles intercambian insultos revestidos
con el plomo del odio:
Los odiamos,
nos odian,
nos odiamos
y no hay perdón por este odio alterno.
Decirte adiós, no fue cosa de rutina.
El quizás y las eventualidades de la muerte
la llevábamos como sombra,
arrastrando los pesares y las dudas.
Ser joven fue un delito irreparable en esos tiempos.
El amor, nuestro amor al borde del caos,
alivia los dolores insatisfechos de la espera.
¿Prevalecerá los signos de la inmolación
sobre nuestra ciudad?
¿Nuestro amor en medio del odio que florece
por la sangre en el asfalto frío de culpabilidad?
Mientras aligero los pasos
y me sumo hambriento de preguntas
al torrente de adioses y despedidas anónimas
con las que pretendemos romper los silencios vacilantes
para explotaran sin misericordia
en una barricada de emociones
que tumbara el miedo y a la misma muerte.
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