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Noche de tragos

danie

solo un pensamiento...
Bebo un trago de Gibraltar adusto
que raspa la faringe ya sin voz,
otro trago más de Dakar árido,
uno más de Ámsterdam
y otro de Bruselas;
sacio,
sorbo tras sorbo,
la sed de los perros del desconsuelo
que se ligan al ataúd
de tantas vil muertes
que esperan la exhumación.

Bebo para saturar la apetencia por las nubes,
por las islas de un albor
y los sueños náufragos y pueriles
de una habitación
condensada con la espesa niebla
que recorre los transeúntes castillos
de mi vacante habitar.
Bebo hasta embriagar a las paredes de arena
que se contraen al ritmo de los latidos
eufóricos de un corazón,
mientras los ojos giran en órbitas lunares
de metálicas somnolencias,
de resonancias hipnóticas
por viajes sin historias,
por postales no leídas
y autóctonas costumbres de mi turismo
sin expedición.

Bebo hasta que el aliento lanza su cristalizado
gemido
que busca algún índice de salvación
entre tantos densos capítulos
de momias profetas
con vendas ciegas
y mudas de redención.

Bebo del polvo sideral
que escrudiña
a las sombras amargas
de las estriadas del cabal rencuentro.

Beber es una tarea digna de mi mausoleo;
beber la matiz de las cenizas
de tantas eras fulminadas por el tiempo,
de tantos parajes a los que nunca acudí,
de tantas parisinas que patrocinan hollín
para mis pulmones necios.


Bebo con mis branquias,
con mis poros entreabiertos,
con mis garras carroñeras de deseo,
con mis ancas de escuerzo,
con mis quillas y maderos
de la mar de cemento.

Bebo hasta que los ojos
vuelven a danzar con los oasis de un desierto,
y frente a la ubre de un paisaje mórbido
caigo por la sed de una garganta seca.
 
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