Asklepios
Incinerando envidias
No se sabe desde cuándo,
la escarcha celestial se desplegó a todo galope por el espacio.
Se esparció dejando ver el brillo de sus esporas,
responsables del latir de toda estrella que habitan.
Son éstas las que invitan a la infinitud, heredera última
de todo el espacio frío, y también del incandescente,
-ambos de invisible insomnio-, que desde hace
millones de milenios, no ha dejado de navegar
entre las largas, aburridas, y ya incontables horas.
Esas que nunca han dormido y a
nadie tampoco, han dejado ni dejan dormir, mientras late
imparable en sus cuerpos sin venas, el silencio de todos, el más callado.
la escarcha celestial se desplegó a todo galope por el espacio.
Se esparció dejando ver el brillo de sus esporas,
responsables del latir de toda estrella que habitan.
Son éstas las que invitan a la infinitud, heredera última
de todo el espacio frío, y también del incandescente,
-ambos de invisible insomnio-, que desde hace
millones de milenios, no ha dejado de navegar
entre las largas, aburridas, y ya incontables horas.
Esas que nunca han dormido y a
nadie tampoco, han dejado ni dejan dormir, mientras late
imparable en sus cuerpos sin venas, el silencio de todos, el más callado.