DIEGO
Poeta adicto al portal
No podría volver al barrio.
Ya no reconozco las cosas que otrora formaban parte de mis días, cambiaron las formas, los colores, los saludos.
Algunas miradas se tornaron desconfiadas, y hablo de los mismos ojos, sólo que un poco más viejos... es verdad, no hablo de los mismos...
Los colores se ven hartos de estar siempre suspendidos sobre las mismas paredes, algunas de sus partes se han dejado caer por el cansancio. No son los muros fuertes y brillantes que mis retinas grabaron, la palidez les ganó la partida contra el tiempo.
Los árboles y las plantas envejecieron al compás del viento que tantos años los meció en sus brazos, sus melenas raídas y colgantes se dejan arrastrar sin ofrecer resistencia alguna.
Las calles olvidaron cómo soportar sobre sí una veintena de niños inquietos e incansables.
No hay flores en las ventanas, ni vecinas con los bolsillos llenos de dulces recompensas a cambio de un mandado hasta la panadería de la otra cuadra.
Algunos nombres se borraron del barrio. Ya no hay José ni Margarita, por ejemplo.
Otros crecieron y perdieron el diminutivo en el camino. Los que más mutaron son los que tenían sobrenombre, como Chispita, que hoy es el Señor Diputado José Alfredo Aranguren, y ya no juega al culo sucio, dicen las malas lenguas que ahora lo tiene.
Supe de algún ingeniero, otro doctor, una bailarina y otra lesbiana transgresora.
Y el tonto soñador que escribía bobadas cuando no escuchaba música ni gastaba su tiempo quemando sus ojos con El Quijote, La Metamorfosis, La Divina Comedia, o cualquier otro montón de hojas amarillentas que tenía en la biblioteca improvisada de su casa. Que una vez, hasta problemas serios tuvo por leer a Bakunin, pero era pibe y no era peligroso. Lo que nunca supieron, es que siguió haciéndolo.
Los sonidos cambiaron. Ya no se escuchan gritos de alegría, ni de dolor, ni de nada.
Hasta los pájaros emigraron por falta de incentivo.
Llegar al barrio es, pararse frente a un páramo insulso y desprovisto de futuro, en fin, desprovisto.
Ya no quiero ese barrio que renunció a la vida. Que no espera como antes, con los brazos abiertos, las fiestas multicolores y chillonas que duraban hasta que el sol quemaba. Es otro barrio, está distinto.
Mientras emprendo el regreso, da vueltas por mi cabeza otra idea: ¿no habrán cambiado mis ojos?
Todo mutó a mi alrededor. Yo me siento a resguardo de esos cambios. ¿Será bueno o malo?
Por ahora sigo leyendo a blasfemos, desquiciados, desestabilizadores y anarquistas que han perdurado en su necedad de hacerme creer que nada cambió.
Sigo regando mis oídos con la música eterna y de cuando en cuando, desparramo algunas tintas sobre resignado papel, que a pesar del tiempo transcurrido, sigue sin entender lo que escribo, aunque me contradiga incesantemente.
Y eso, es algo que nunca cambiará.
Ya no reconozco las cosas que otrora formaban parte de mis días, cambiaron las formas, los colores, los saludos.
Algunas miradas se tornaron desconfiadas, y hablo de los mismos ojos, sólo que un poco más viejos... es verdad, no hablo de los mismos...
Los colores se ven hartos de estar siempre suspendidos sobre las mismas paredes, algunas de sus partes se han dejado caer por el cansancio. No son los muros fuertes y brillantes que mis retinas grabaron, la palidez les ganó la partida contra el tiempo.
Los árboles y las plantas envejecieron al compás del viento que tantos años los meció en sus brazos, sus melenas raídas y colgantes se dejan arrastrar sin ofrecer resistencia alguna.
Las calles olvidaron cómo soportar sobre sí una veintena de niños inquietos e incansables.
No hay flores en las ventanas, ni vecinas con los bolsillos llenos de dulces recompensas a cambio de un mandado hasta la panadería de la otra cuadra.
Algunos nombres se borraron del barrio. Ya no hay José ni Margarita, por ejemplo.
Otros crecieron y perdieron el diminutivo en el camino. Los que más mutaron son los que tenían sobrenombre, como Chispita, que hoy es el Señor Diputado José Alfredo Aranguren, y ya no juega al culo sucio, dicen las malas lenguas que ahora lo tiene.
Supe de algún ingeniero, otro doctor, una bailarina y otra lesbiana transgresora.
Y el tonto soñador que escribía bobadas cuando no escuchaba música ni gastaba su tiempo quemando sus ojos con El Quijote, La Metamorfosis, La Divina Comedia, o cualquier otro montón de hojas amarillentas que tenía en la biblioteca improvisada de su casa. Que una vez, hasta problemas serios tuvo por leer a Bakunin, pero era pibe y no era peligroso. Lo que nunca supieron, es que siguió haciéndolo.
Los sonidos cambiaron. Ya no se escuchan gritos de alegría, ni de dolor, ni de nada.
Hasta los pájaros emigraron por falta de incentivo.
Llegar al barrio es, pararse frente a un páramo insulso y desprovisto de futuro, en fin, desprovisto.
Ya no quiero ese barrio que renunció a la vida. Que no espera como antes, con los brazos abiertos, las fiestas multicolores y chillonas que duraban hasta que el sol quemaba. Es otro barrio, está distinto.
Mientras emprendo el regreso, da vueltas por mi cabeza otra idea: ¿no habrán cambiado mis ojos?
Todo mutó a mi alrededor. Yo me siento a resguardo de esos cambios. ¿Será bueno o malo?
Por ahora sigo leyendo a blasfemos, desquiciados, desestabilizadores y anarquistas que han perdurado en su necedad de hacerme creer que nada cambió.
Sigo regando mis oídos con la música eterna y de cuando en cuando, desparramo algunas tintas sobre resignado papel, que a pesar del tiempo transcurrido, sigue sin entender lo que escribo, aunque me contradiga incesantemente.
Y eso, es algo que nunca cambiará.