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No eches cuentas...

Jorge Salvador

Poeta adicto al portal
Mi esposa quiere sexo a todas horas,
pero sólo en mi ausencia;
desde hace un par de inviernos no lo cato
por más que lo suplique;
doctor, ¿qué me aconseja?
¿la obligo a ejecutar el matrimonio,
me sigo alimentando con pajillas
o me hago el harakiri?

La suegra, poco ayuda,
ahí siempre con su cara de vinagre,
su culo inverosímil talla morsa
y su hambre irracional de ballenato.
Yo trato de adaptarme al infortunio
con fe, resignación y buen talante,
pero he de confesar que ni lo logro
ni pongo mucho empeño en intentarlo.

Los hijos, no eches cuentas,
menudos sacacuartos sin oficio;
más simples que un guisante,
más falsos que un político en campaña,
adictos al “no sé” y al “yo no he sido”,
perfectamente inútiles al cubo
y con la inteligencia justa, o menos,
para llegar con vida al fin del día.

Cuánto penar, joder, ¡qué vida esta!
tanto pasarlas putas por culpa de los otros
para que luego sólo te valoren
cuando yaces dos palmos bajo tierra
y tan sólo les puedes pedir flores.

Te miento si te engaño, estoy jodido,
negarlo es tontería;
¿proyectos de futuro? ser pasado…
a mis sesenta y tres me sobra todo
excepto las farmacias,
que son las que en verdad más se preocupan
por cuidar mi salud y conducirme
día a día bien sano al camposanto.

Por todo lo demás, mi herencia toda,
si no lo jode el tonto del notario,
será para los siete micifuces
que duermen a mi lado cada noche
alumbrando el silencio
que me permite hablar con Dios a solas…
 
Última edición:
Mi esposa quiere sexo a todas horas,
pero sólo en mi ausencia;
desde hace un par de inviernos no lo cato
por más que lo suplique;
doctor, ¿qué me aconseja?
¿la obligo a ejecutar el matrimonio,
me sigo alimentando con pajillas
o me hago el harakiri?

La suegra, poco ayuda,
ahí siempre con su cara de vinagre,
su culo inverosímil talla morsa
y su hambre irracional de ballenato.
Yo trato de adaptarme al infortunio
con fe, resignación y buen talante,
pero he de confesar que ni lo logro
ni pongo mucho empeño en intentarlo.

Los hijos, no eches cuentas,
menudos sacacuartos sin oficio;
más simples que un guisante,
más falsos que un político en campaña,
adictos al “no sé” y al “yo no he sido”,
perfectamente inútiles al cubo
y con la inteligencia justa, o menos,
para llegar con vida al fin del día.

Cuánto penar, joder, ¡qué vida esta!
tanto pasarlas putas por culpa de los otros
para que luego sólo te valoren
cuando yaces dos palmos bajo tierra
y tan sólo les puedes pedir flores.

Te miento si te engaño, estoy jodido,
negarlo es tontería;
¿proyectos de futuro? ser pasado…
a mis sesenta y tres me sobra todo
excepto las farmacias,
que son las que en verdad más se preocupan
por cuidar mi salud y conducirme
día a día bien sano al camposanto.

Por todo lo demás, mi herencia toda,
si no lo jode el tonto del notario,
será para los siete micifuces
que duermen a mi lado cada noche
alumbrando el silencio
que me permite hablar con Dios a solas…
Lo veo como una mirada crítica a la vida sensata de un hombre cansado.
Lo demás, son nuestras propias vivencias.

Saludos
 
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