En el estuario del incordio
huyen de la orilla,
ominosas,
las lisas saltarinas.
En la cajita del silencio
el último fósforo.
Voy a quedarme quieto,
desorbitado,
impropio,
cuando las anclas del poniente
arañen tu cintura
a moretones de ciruela.
Más tarde la alta noche
acumulará sus edades ciegas,
sus raíces de templo,
sus muelas de juicio.
Me hará falta para escribirlo
un cráneo donde
empinar ésta vela.
Lástima ese viento
que derriba los mástiles.
En un crepitar de oboes
la sonoridad de las astillas
mientras desafinan riman:
Entre las depresiones de tu canto
crece el musgo del espanto.
Mirando la sombra
de tus ojos quedé tiznado;
como quien aprieta contra el pecho
un poema quemado.
Qué importa éste agravio
que bebo despierto
en tus labios donde rebosa
la sidra de los muertos.
huyen de la orilla,
ominosas,
las lisas saltarinas.
En la cajita del silencio
el último fósforo.
Voy a quedarme quieto,
desorbitado,
impropio,
cuando las anclas del poniente
arañen tu cintura
a moretones de ciruela.
Más tarde la alta noche
acumulará sus edades ciegas,
sus raíces de templo,
sus muelas de juicio.
Me hará falta para escribirlo
un cráneo donde
empinar ésta vela.
Lástima ese viento
que derriba los mástiles.
En un crepitar de oboes
la sonoridad de las astillas
mientras desafinan riman:
Entre las depresiones de tu canto
crece el musgo del espanto.
Mirando la sombra
de tus ojos quedé tiznado;
como quien aprieta contra el pecho
un poema quemado.
Qué importa éste agravio
que bebo despierto
en tus labios donde rebosa
la sidra de los muertos.
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